Cuatro coquillas, cuatro

Cuatro coquillas, cuatro

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Confirmando que hay vida y sobre todo renuevos en el tronco añejo de la tauromaquia lejos y al margen de lo que sucede (o no sucede) en esas plazas capitalinas cuyos responsables han ejercido de don tancredos frente a la crisis provocada por la pandemia o de cansinos repetidores de carteles gastados, el Real Sitio de La Granja de San Ildefonso se ha incorporado a la relación de  lugares, villas y pueblos –desde Cantalpino a Vitigudino o desde Guijuelo a Cuéllar- que taurinamente están poniendo las cosas en su sitio, lo cual, como decía Bergamín, no es dejarlas precisamente en donde estaban, más bien al contrario.


Y han apostado por la variedad de encastes, en esta ocasión por iniciativa y a cargo de la Asociación Cultural Taurina, entidad que este fin de semana sacó adelante la I Feria del Judión de Oro, formada por un par de novilladas bajo el formato de sendos mano a mano ante cuatro astados de dos hierros legendarios. Nada más y nada menos que los albaserradas de Adolfo Martín, astados con infinidad de tardes de gloria en su haber, y los coquillas salmantinos de Sánchez Arjona, una de las tres ramas santacolomeñas, para mí la mejor (opinión ésta muy subjetiva, lo reconozco).


No pude asistir a la cita adolfeña del sábado, acartelados en ella José Rojo y “El Niño de las Monjas”, pero si estuve en la dominical. Y a fe mía que mereció la pena, porque los cuatro novillos, los cuatro, dejaron bien alto el pabellón de la ganadería.


El primero, “Escritor”, precioso y rematado, aperreó en verónicas a José Cabrera (novillero que pasó el trago de Las Ventas en 2019), aprendió enseguida, fue tres veces al caballo, mostró una fijeza extraordinaria y acabó embistiendo con alguna violencia. Ni que decir tiene: entregó la vida con la boca cerrada, desafiante hasta el último aliento. Cabrera, diestro almeriense, le cortó una oreja, a mi entender merecida.


El segundo, “Fogonero”, grande y alto, se pegó una costalada que le afectó sobremanera, achaque atenuado por su calidad. Hubo un problema: acabo de señalar que “Escritor” aprendió enseguida, pues otro tanto hizo éste astado. Tocó la muleta de Diego Garcia, mucho menos toreado que su colega, dos o tres veces al principio y  se pasó el resto de la faena buscándola.


El tercero, “Acallar”, que era un “tío”, lució un pitón izquierdo mucho más que notable, soportó una vara que en realidad fueron dos y media (con el picador rectificando y tapándole la salida) y después se complicó bastante, en un santiamén doctorado en la técnica del agazapamiento, aunque hubo momentos en que embestía humillando.  


Finalmente, “Abatido”, que de abatido no tuvo nada, rematando de salida con bravura contra los burladeros y mostrando después una excelente condición noble. Fue premiado con la vuelta al ruedo, premio ganado con creces por el conjunto y del que, por cierto,  disintieron las mulillas, que dieron la vuelta entre parones y remoloneando, algo que yo jamás había visto.


En cuanto a los novilleros, me convenció Cabrera con la capa, pero creo que luego nos hubiese podido ahorrar las banderillas a su segundo, más “tiradas” que puestas, al que en cambio aplicó dos buenas tandas de naturales; y de Diego García, que cortó las dos orejas de Abatido, subrayaría su recibo capotero a ese animal, cerrado con una media muy personal, aunque luego se mostraría intermitente a partir de una disposición muy elogiable. Son novilleros, tenían una cita comprometida y ambos la superaron con dignidad.


Por lo demás, qué gusto da ver parear y lidiar a Mario Campillo, acuadrillado con Diego García, y qué sorpresa tan grata la de su primer picador, llamado Juan y vecino de La Granja, recibido por sus paisanos con una ovación cerrada y cariñosísima a la que ciertamente supo corresponder, porque aplicó la vara con seguridad y en el sitio debido.


En definitiva, qué tarde tan interesante. Paco Salamanca, el veterinario taurino de Cuéllar, con quien la compartí, me hizo una observación de lo más elocuente cuando salíamos de la plaza. “Mira, a la derecha Peñalara, enfrente Chorro Grande y Chorro Chico y a la izquierda la Atalaya”, perspectiva ciertamente maravillosa. Hasta ese momento no había levantado la vista del ruedo, eso lo dice todo.