Barba, azul y grana

Barba, azul y grana

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Unas líneas llenas de tópicos. Esto es lo que se avecina. Firmó en una servilleta, por primera vez, con el F. C. Barcelona, cuando su tratamiento comenzaba y el escurridizo rosarino anhelaba su cuna en el país de Maradona y Di Stéfano. Tres son los genios que ocupan el Olimpo futbolístico argentino y los ojos de quien teclea ha podido deleitarse, durante más de quince años, en directo y, en alguna que otra afortunada ocasión, en vivo. El Camp Nou impresiona al verlo vacío, al salir desde el museo hacia el palco, bajo un sol de justicia y una humedad que, casi, disipa el horizonte del Mediterráneo.


La imagen del jugador que pisa, por primera vez, su césped y se asombra con la amplitud de la grada -diametralmente opuesta al que lo hace en el Santiago Bernabéu, sin cuello, casi, que abarque toda la verticalidad del templo blanco- es la que vivió un casi imberbe juntaletras en septiembre 2014, al acudir, por primera vez, al número 12 del carrer d’Arístides Maillol. Boca abierta, con el símil de una ballena blanca para ese estadio, vacío.


También lejana es la sensación vivida en la misma ubicación al ver un derbi entre el Barça y el Espanyol en la segunda gradería de un campo preparado para un duelo eterno. A la contra, se adelantan los visitantes, merced a un tanto de Sergio García. Los dos acompañantes, pericos como los que más, vitorean a ‘su’ delantero, no sin rubor. Poco después, Leo decide parar el tiempo y a sus dos marcas. Se trata de una jugada que no acaba en gol, pero sí en un escalofrío desde el último dedo del pie hasta lo más alto de mi cabellera, y no por el húmedo frío de la noche barcelonesa, sino tras ver cómo la arrancada que mil y una veces había visto con una pantalla de por medio, en el campo era, aun, más indescriptible, más eléctrica, más vertiginosa. Fue una temporada, la 2014-2015, del apogeo de una delantera de ensueño, con el argentino, Luis Suárez y Neymar Jr. en el frente, que obligaba a ejercer defensas numantinas a los más loados entrenadores de todo el continente. Bajo las órdenes de Luis Enrique, los culés conquistaron el segundo triplete de su historia.


Pero más allá de los trofeos, las rúas, los reconocimientos individuales y colectivos, Messi. Él recibió una asistencia, del anterior ‘10’, de ‘Ronnie’, de ‘su’ Ronaldinho, para anotar su primer gol de una retahíla, casi infinita y que, desde hace tiempo, es eterna, ataviado con la zamarra blaugrana. Y siempre apuntando al cielo para dedicar cada uno de ellos a su abuela, a Celia. Él, en todo momento, ha sido quien, conforme las leyendas y capitanes del club anunciaban sus retiradas y despedidas, ha llevado la bandera culé hasta cotas sólo vistas con el ‘barrilete cósmico’ y su Nápoles, en su eterna lucha contra los poderosos del norte de Italia.


Amor es dejar la albiceleste tras no haber podido tocar el ansiado trofeo, en forma de Mundial o Copa América, al pensar, como Iniesta, que ya no podía ayudar, y renacer para, al fin, alzar una copa para su país. Para un país que busca y halla su refugio en la pelota, esa que no se mancha. Como Gardel lo encontraba en el tango, como Messi, el hombre perro, que encuentra, también, su refugio en la pelota. Un cuero que busca con ahínco, merced a empujones, tirones, patadas, sin caerse al verde hasta que levantar un pie es ya imposible.


Como imposible parece hacerse a la idea de un Gamper sin él como capitán, implorando por un poco más de paciencia a su grada, sin comilla simple, porque es suya como suyo es el club, el sentimiento, de cara a conseguir la orejona. Porque al margen de directivos, trajes, corbatas y maletines, a él sólo le interesa una cosa. Esa cosa no es otra que ganar y devolver un cariño del planeta fútbol que no tiene que hacerlo, porque él es el fútbol.