Raza, oficio y grandeza
Fotos: Natalia Calvo

Raza, oficio y grandeza

|

Toros y toreros, por ahí suelo empezar mis crónicas de las corridas, pero en esta ocasión me saltaré ese principio en razón de que la miurada de ayer tarde lidiada en Cuéllar, con casta, emoción y naturalmente también con dureza y dificultades, ante la que se midieron tres diestros, dos de los cuales  estuvieron mucho mejor que bien mientras el tercero se vio superado, ofreció dos tercios de varas de esos que se llevaba  tiempo sin ver, con los tendidos puestos en pie por Tito Sandoval, de la cuadrilla de López Chaves, y Santiago Pérez, a las órdenes de Javier Herrero.


“Taponero”, de presencia imponente, cárdeno burraco y capuchino, se fue al caballo de largo, pujante y con alegría, metiendo después los riñones y empujando con calidad. Tito Sandoval estuvo soberbio, y a tono con él se mostraron los banderilleros de López Chaves, en especial Jesús Talaván, en el sitio debido y ceñidos a lo suyo toda la tarde. Menuda cuadrilla lleva el diestro ledesmino, que se encuentra en su edad de oro, con esa raza que siempre lo ha caracterizado, ahora engrandecida por la madurez y el oficio, firme cuando la faena exigía firmeza, con recursos sobrados ante la gazaponería de “Taponero”, de infarto en el saludo capotero a “Luminario” (el primero de su lote) y abandonado en naturales excelsos, aplicando a “Taponero” un estoconazo (tras un pinchazo) y malogrando con la espada su segundo faenón. Cortó una oreja, que pudieron ser tres, pero lo importante es la dimensión que dio. Mingo está inmenso.


Y Rafaelillo no pierde paso, por encima, muy por encima de “Limosnero”, que enseguida desarrolló sentido y que fue acribillado en varas, con la cuadrilla brindando un recital de despropósitos, no obstante lo cual consiguió dominarlo a base de oficio, mostrándose muy templado en dos series de derechazos, aunque acabó extenuado, porque el miura, que primero se estrelló contra el burladero y luego sembró el pánico por el callejón, lo dejó sin aire, merma de facultades que a mi juicio se notó frente a su segundo, “Alcachofero”,  que lanzaba gañafones sin darse tregua. Que Rafaelillo saliera vivo de aquella cogida escalofriante de Pamplona en los últimos sanfermines celebrados, con la mitad de la caja torácica literalmente aplastada, fue un milagro y que sea capaz de volver a medirse con los miuras a mí se me hace increíble, hazaña entre las hazañas que el mundo han sido, son y serán. Francamente, no tengo palabras para cantar su heroísmo, inmutable en esta tarde tan apasionante de Cuéllar ante arrancadas ásperas o paradas alevosas, esto es, el Rafaelillo de ahora en el Rafaelillo de siempre, o eso al menos me pareció a mí, aunque una parte de la plaza (yo creo que tan ruidosa como minoritaria) no lo entendiera así, en fin, de sobra se sabe que los toros son discusión.


Javier Herrero, el torero local, se estrenaba con los Miura, y aunque su carrera haya transitado por el laberinto de las corridas duras, la verdad es que este reto lo superó, juicio (subjetivo, claro está) que dejo caer sin atisbo de crítica, porque el escalafón abunda en toreros en figura que nunca se han medido con ellos, mientras Herrero acaba de hacerlo y salió de la plaza por su pie, aunque con dos cogidas que afortunadamente se quedaron en la paliza. Yo lo vi con ráfagas de acierto (por ejemplo, en verónicas), voluntarioso, dispuesto a lucir los toros (fue ejemplar su forma de poner al primero al caballo desde el centro del redondel) y arriesgadamente confundido al insistir en torear por arriba a “Palillero” que por ahí no perdonaba, pero en fin permítaseme una pregunta: ¿quién no ha pasado por momentos de ofuscación ante estos astados? La respuesta cae por su peso: quienes jamás los han toreado. Yo creo que este gesto de Herrero debiera de puntuar a su favor.


Corrida, pues, con los seis miuras en Miura, puyas inolvidables, rehileteros sobresalientes, quites oportunísimos y dos toreros “antiguos”. En definitiva, gran tarde toros la de ayer domingo en Cuéllar, cierre de una miniferia de raza, oficio y grandeza.


Nota bene: se preguntaba y me preguntaba ayer Felipe Romero, a quien no conozco personalmente, pero de cuyo buen hacer taurino tengo constancia, si en la crónica anterior me refería a la regularización de “corridas intolerables” como la de Partido de Resina cuando concluía que “Cuéllar marca el camino para conquistar la normalidad”. Hombre, pues claro que no. Lejos de mí la exaltación a piñón fijo de las llamadas “corridas toristas”, con demasiada frecuencia corridas sencillamente imposibles. En esto, como en casi todo, soy partidario del equilibrio, y también de la autocrítica: no es de recibo que se me escapara genéricamente eso del monoencaste, porque lo de domecq está tan abierto que ahí se encuentra de todo. Amigo Romero: me refería al ayuntamiento de Cuéllar, y muy en particular a su alcalde. Daba gusto pasearse por la villa: bares a tope, restaurantes llenos, alegría generalizada y conversaciones taurinas por aquí por allá. Las cuentas, además, parece que han cuadrado. En consecuencia, basta de miedos y complejitos. Toros claro que se pueden dar. Lo que hace falta es tener la afición y el valor que en Cuéllar han demostrado.