Me duele el pensamiento...

Me duele el pensamiento...

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La gente que no lee tiene la mentalidad muy reducida. La vulgaridad tiene siempre a su favor la facilidad. Es muy fácil ser vulgar, ser como todos, ser del montón, del mínimo común denominador. Es a lo que nos enfrentamos hoy en día. La lectura es la única manera de salir de la prisión del presente. Leer es entrar en un mundo de horizontes infinitos. Quien no lee está limitado a sus circunstancias más próximas: a las chanclas, al chándal, al cuñao, los vecinos, la tele, los juegos, etc.


Lo peor de todo esto es que el vulgar crea que es sobresaliente y no vulgar y que proclame e imponga la vulgaridad como un derecho, así lo afirmaba Ortega y Gasset en "La rebelión de las masas". La vulgaridad hace crecer rápidamente a la maldad por lo que enfría el amor y la bondad de la sociedad, que cae en la miseria moral y la ruindad. Se pierden los valores. La mediocridad es el peor enemigo de la prosperidad.

España está cautiva como pocos de la estulticia de un falso progresismo rayano con una patente vulgaridad, un progresismo siempre vacuo, que se entretiene con el separatismo decimonónico, la mentira antifranquista y la demagogia sobre la brecha salarial, ahora sazonada con las pensiones y el aumento de los impuestos por tu bien. Todo al final para tapar la inoperancia de la clase que pretende administrarnos y los que nos administran además de una ingeniería social anglosajona que tiende a disolver la identidad hispana. Por otro lado la revolución tecnológica avanza a una velocidad de vértigo, creando individuos isla con un móvil de la mano y la amenaza migratoria consume unos recursos que deberían haber recaído en los que trabajaron toda su vida y sus descendientes. Como decimos en Castilla "el pez grande se come al chico, y el rápido se come al lento".


La deriva de la sociedad actual parece una visión anticipada de lo inminente. Se nos muestra un mundo en acelerado y desorientado proceso de transformación, pero un antiguo dicho la define de forma rotunda "mientras tengamos burros cabalgaremos". Existe un culto a la ignorancia que se ha ido abriendo paso, alimentado por la falsa noción de que la democracia o la libertad significa que mi ignorancia es tan válida como tu conocimiento.


El mundo está formado por personas no por héroes o por personas que ignoran que pueden convertirse en héroes. Personas solitarias, maduras, sosegadas, pacientes, sumidas en su rutina, medio ascetas, medio vulgares, con el talento escondido y los complejos a flor de sus silencios. De vidas monótonas, desprovistas de carisma y pasadas de moda, obstinadas, meticulosas y grises. No es preciso conocer sus nombres. Están desprovistos de su propio yo donde reside el poder desconocido casi traumatúrgico para transformar la realidad. La vida es andar y ver. Pensar mientras se camina y querer ser.


En una carta escrita por Antón Chéjov, a su hermano mayor Nikolai aficionado a la bebida, a sus 26 años señalaba en las características que adornaban a las personas cultas. Afirmaba que solían tener a gala el respetar a los demás y, por lo mismo, eran siempre amables, gentiles, educados y dispuestos a ceder ante los otros, por lo que no harían cola por un una mascarilla o una gorra de propaganda, la conseguían con su esfuerzo. Para él solían ser personas que tenían simpatía por todos, no sólo por los pobres de todo tipo y los gatos pues de todos se aprende. Se levantan en la noche o al amanecer para ayudar a los demás antes de dedicarse a su trabajo. Respetaban la propiedad de los demás y, en consecuencia, pagaban prontamente sus deudas.


Las personas cultas para Chéjov solían ser honestas, sinceras y huían de la mentira como del fuego. Una mentira significaba insultar a quien escuchaba y ponerlo en una posición más baja a ojos de quien hablaba. Las personas cultas no aparentaban y se comportaban en la calle como en su casa y no presumían ante sus amistades más humildes. No eran proclives al chismorreo ni obligaban los demás a confidencias impertinentes. Por respeto a los demás callaban más de lo que hablaban.


No se menospreciaban por despertar compasión. No tensaban las cuerdas de los corazones de los demás para que los otros hicieran algo o mucho por ellos porque todo eso era perseguir un efecto simplón, vulgar, rancio, falso... Las personas cultas no tenían una vanidad superflua. No se preocupaban por esos falsos diamantes conocidos como celebridades, ni por estrechar la mano del ebrio, ni por escuchar los arrebatos de un espectador de mentalidad extraviada o ser reconocidos en las tabernas. Si ganaban unos centavos, no se pavoneaban como si valieran cientos de rublos y no alardeaban de poder entrar donde otros no eran admitidos. Los verdaderamente talentosos siempre se mantenían en las sombras entre la muchedumbre, tan lejos como era posible del reconocimiento.


Las personas cultas si tenían un talento, lo respetaban y le dedicaban el descanso, las mujeres, el vino, la vanidad y la vida. Desarrollaban la intuición estética. No podrían ir a dormir con la misma ropa y serían alérgicos al chandalismo. No pedían inteligencia ahí donde se manifiesta la mentira constante. Querían, especialmente si eran artistas o escritores, frescura, elegancia, humanidad y la capacidad de la maternidad. No olían los armarios porque no eran animales y sabían que no lo eran. Bebían sólo estando libres y en ocasiones porque querían "mens sana in corpore sano" pues el barril vacío da un eco más sonoro que el lleno.


Así es como eran las personas cultas. Aunque para ser culto y no quedar atrás, no es suficiente con haber leído lo que se necesita es trabajar constantemente, día y noche, leer constantemente, estudiar y voluntad. Cada hora es preciosa y una prueba de lo que duele el pensamiento. Algo que no pueden comprender los que se relacionan o quejan con gruñidos de jabalí...