Viaje en Bla Bla Coche a la aventura del lenguaje, en el Teatro Juan Bravo de Segovia

Viaje en Bla Bla Coche a la aventura del lenguaje, en el Teatro Juan Bravo de Segovia

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Que el castellano es una lengua maravillosa y la estamos vilipendiando es un hecho. A diario, quien ni siquiera es capaz de hablarla bien, se empeña en mal emplear palabras y expresiones en inglés y castellanizarlas; doble delito, por tanto.


Por poner un ejemplo, en ‘Bla Bla Coche’, la obra que presentó ayer Secuencia 3 sobre el escenario del Teatro Juan Bravo de la Diputación, Max, el viajero actor obsesionado con publicar cada una de la escenas de su propia vida en Instagram, habría subido su foto junto a Magina y a Natalia, instantes antes de subir al coche azul de Ramiro, con el siguiente mensaje: “Go to Cádiz”. Y se habría quedado tan a gusto, sin ser consciente de que así, en vez de estar él de camino, nos estaba mandado a todos al sur. Que según están las cosas, no estaría nada mal, por otra parte. En realidad, mientras los intérpretes tomaban el camino hacia Andalucía, para los espectadores comenzaba una estupenda aventura hacia el lenguaje, la polisemia del castellano y la fantasía de las palabras homófonas y también de las homónimas.


Y es que ‘Bla Bla Coche’, que ya empieza, desde su título, haciendo patria por el castellano, aunque pueda deberse incluso a un asunto de derechos -y no de derechas-, juega desde el primer minuto de montaje con el doble sentido de las palabras, con la sonoridad de sus mensajes y con la agilidad de la lengua para atornillar el sarcasmo y lograr que un teatro lleno hasta sus posibilidades se desternille de forma casi constante durante una hora y media. Por lo tanto, gran parte del mérito de que un viaje de Segovia a Cádiz no se haga pesado, es de Eduardo Galán, autor del texto, quien, inteligente, aprovecha también la guerra contra el castellano de parte de la sociedad y sube al carro de su obra a todos, todas y todes, por medio del personaje de Natalia, una psicóloga feminista en cuya inclusiva bandera están incluidos todos los prejuicios que podría llevar colgados, como medallas, Ramiro, el conductor: un militar divorciado.


La otra gran parte del mérito de que el viaje a Cádiz no se hiciese largo y, además, terminase siendo perfecto en su ritmo y tiempo de duración, como así fue reconocido por el público con sus aplausos al finalizar la obra, pero sobre todo con sus carcajadas durante la misma, fue de Pablo Carbonell, Víctor Ullate-Roche, Ania Hernández y, especialmente, de Soledad Mallol, la teniente y capitana de la pieza; abanderada, gracias a su sordera, de las intenciones de Galán con el guion.


Mientras el coche azul avanzaba, entre el sol y las nubes de los juegos de luces, en  su camino hacia el atardecer de Cádiz, y los personajes se iban desprendiendo, por partes, del equipaje de toda una vida, los espectadores certificaban que cualquier viaje que comienza con cuatro desconocidos pagando el trayecto de un mismo coche puede terminar saliendo muy caro: tanto para los finales como, sobre todo, para los principios.