Valoración crítica de la exposición comuneros: 500 años

Valoración crítica de la exposición comuneros: 500 años

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He visitado recientemente la exposición conmemorativa del V Centenario de la Batalla de Villalar, inaugurada el pasado 22 de abril en la sede de las Cortes Regionales de Castilla y León, más concretamente en su vestíbulo, y que se prolongará hasta el próximo 20 de septiembre del presente año. En mi condición de historiador y en función de las ciento cincuenta piezas expuestas debo señalar, sin eufemismos ni falsos halagos, que es una magnífica muestra. Pocas veces el investigador, el amante del arte o, simplemente, el ciudadano de a pié, podrá ver reunidos en un mismo espacio obras y documentos de un valor histórico, más allá de los quince millones de euros en los que han sido tasadas, de difícil, sino imposible valor como testimonio escrito, tejido, labrado en piedra, pintado o trabajado en orfebrería, de un periodo clave de la historia de España y, en particular, de Castilla y de León.


          Entiendo perfectamente la intención de la Fundación Castilla y León, como organizadora de la exposición, de escoger su actual ubicación. Me refiero al encuentro en el presente del pasado y el futuro a través del presente. También, como derivada, el mensaje, más o menos velado, de subrayar la referencia a la sede del parlamento en un estado democrático, social y de derecho, por descontado, y su desarrollo en el marco de una monarquía constitucional y parlamentaria. Comprendo la intencionalidad y la idoneidad de una pedagogía de en la enseñanza de la historia, máxime con los tiempos que corren de dispersión, disgregación de la unidad de España, de la contestación de la vertiente republicana de hoy a la monarquía, o de la necesidad del equilibrio de poderes –legislativo, ejecutivo y judicial- característico de las democracias avanzadas.

Asumo plenamente la argumentación de fondo.


          Pero, dicho esto, debo ser crítico, no criticón, con algunas cuestiones que he podido apreciar durante mi visita. En primer lugar, esperaba una afluencia masiva de público que, lamentablemente, no encontré y que, según supe,  no se había producido a día de hoy. Mi extrañeza, como pueden suponer, fue mayúscula. Pronto me dí cuenta de una de las razones que explicaban esta sorpresiva circunstancia. La publicidad de la exposición es paupérrima. No hay cartelones anunciándola por Valladolid, tampoco en las inmediaciones de la sede de la muestra. Ni en su fachada, y se podía haber hecho, no hay ninguna referencia a que allí se celebra tamaño evento de singular importancia y trascendencia. Para mí fue una decepción, aunque pudiera por ello disfrutar de la visita, al no encontrar una masiva afluencia de visitantes. Triste, pero muy real.


          En segundo lugar, una vez dentro, las necesarias medidas de seguridad en relación a la iluminación de las obras exhibidas, era de penumbra. Es decir, faltaba luz. Ya sé que ha sido una de las condiciones impuestas para la conservación y preservación exigidas por las instituciones participantes. Esto lo sabía de antemano, pero lo que no me había planteado, por ilógico, que las cartelas explicativas de cada  pieza no pudieran ser leídas. Algo verdaderamente inaudito y se debe corregir.








          En tercer lugar, y esto es un demérito del comisario de la misma, Eliseo de Pablos, el que falten dos obras pictóricas excelentes, a mi modo de ver, que hubieran enriquecido el contenido global. Me refiero concretamente a la obra de Vicente Borrás y Mompó (1835-1903) titulada “Doña María Pacheco de Padilla después de Villlalar”, que aunque perteneciente al Museo de Prado, se encuentra en Barcelona. Es una obra de óleo sobre lienzo por la que su autor obtuvo la segunda medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes (1881) y que adquirió la Pinacoteca Nacional. Es una escena bellísima, de excepcional  carga emotiva que obliga a una observación que permite sumergirse en el dramatismo trágico que queda plasmado. No entiendo que no se haya expuesto, o cuáles han sido las razones que justifican su ausencia. También eché en falta, porque sería la ocasión de poder desempolvar otra obra singular, que no está expuesta al público, por su formidable tamaño (450 cm x 746 cm), pero que habría podido salir de su ostracismo para el disfrute general, aun que sólo fuera por esta conmemoración. Pintada al óleo sobre lienzo, es una obra de Joan Planellas i Rodríguez (1850-1910), titulada “La salida de los comuneros de Valladolid”, fechada en 1887. Hoy, a consecuencia de su “olvido”, solamente podemos disfrutarla en imágenes en blanco y negro. De ella, además de su descomunal formato, destacaría la expresividad de sus figuras. Tampoco entiendo su ausencia en la exposición. Por cierto, tanto una como otra, fueron adquiridas por la misma cantidad, cuatro mil pesetas de entonces.


La salida de los comuneros de Valladolid,  de 1887



          Por supuesto que se habrían podido exhibir otras obras, de las que les aseguro hablaré en un próximo artículo. Lo cual me lleva a pensar dos cosas: la primera, que el vestíbulo de las Cortes de Castilla y León no es un lugar idóneo para albergar una exposición. La segunda, dado el magnífico acontecimiento que se celebra, podría haber tenido en cuenta diversos aspectos. Me refiero a que, dada la insistencia de diversas capitales castellano-leonesas por ser sede de una muestra similar, haber secuenciado a lo largo del año diversas exposiciones en diversas ciudades. Salamanca, Segovia, Valladolid,  Ávila, Palencia, Toro, Burgos y otras, merecían ésa oportunidad por su papel en el desarrollo de la Guerra de las Comunidades (1520-1522). Y digo más, y todavía puede ser tenido en cuenta, un capitulo referido a la pintura, otro referido a la documentación, otro a la escultura, otro a la literatura, uno a las obras de orfebrería, otro a armamento, fortificaciones y tácticas de guerra, otro a bienes personales o enseres de los protagonistas, y así  un larguísimo etcétera. Esta conmemoración se debe potenciar cultural, histórica y socialmente. Su rentabilidad económica, estaría garantizada con la correcta y conveniente explotación publicitaria. Turismo cultural de calidad es sinónimo de beneficio general, para el conjunto de nuestra  Castilla y León de hoy. Los comuneros no quisieran ver , estoy seguro, la debilidad identitaria que padecemos y la marginalidad política en la que nos encontramos.


          Por lo demás, animo a todos a visitarla, es una gozada poder contemplar los testimonios legados, de aquellos años turbulentos, por los testimonios materiales que nos los recuerdan.