Cuando un pueblo dice adiós a su infancia

Cuando un pueblo dice adiós a su infancia

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“Aquí fuimos felices”. Así reza el título de la desiderata colocada en la puerta de la escuela de Torrecilla de la Abadesa, un pequeño pueblo vallisoletano a orillas del Duero que acaba de decir adiós a Ángela, una niña de sexto de Primaria que, por desgracia, puede convertirse en la última alumna que pise este colegio.


Ya en 2018 la escuela estuvo a punto de firmar su acta de defunción. Entonces sólo eran tres alumnas, Ángela y otras dos compañeras. Afortunadamente, un cambió en la legislación autonómica para proteger la enseñanza rural se alió con Torrecilla de la Abadesa, al permitirse la apertura con solo tres alumnos de forma excepcional siempre que para el curso siguiente se esperara un incremento del alumnado, como era el caso, dado que estaba previsto que se incorporaran dos pequeños más.


“Respiramos de alivio. Así nos salvamos del cierre”, recuerda la alcaldesa, María Sanz de Pablos, que ahora no puede ocultar su impotencia por un día que casi nadie en el pueblo quería que llegara. “Después de lo que hemos luchando por mantener abierta la escuela, tener que cerrarla ahora supone un paso atrás en todos los sentidos. Es un retroceso para un pueblo que siempre ha tenido claro que la escuela era su primera prioridad”, se lamenta impotente María.


Pero este retroceso de Torrecilla de la Abadesa es una amenaza que pende sobre muchas escuelas de Castilla y León, especialmente sobre las 16 que este curso sólo cuentan con tres alumnos y también, aunque un poco más distante, sobre las 181 que tienen menos de diez escolares.


Este curso arrancó con cinco niños en la escuela, Ángela y cuatro hermanos, pero, pasada las fiestas de Navidad, la familia de estos pequeños decidió mudarse a la vecina localidad de Tordesillas y dejaron a Ángela y a su tutora, Laura Velicia, solas en la escuela. Desde entonces, las clases se han desarrollado con normalidad y Ángela Garrido ha seguido contando con las lecciones de inglés de su tocaya Ángela Garrido y con las clases de religión de Sergio Nieto.


Pero esta exclusividad de la que disfrutaba Ángela se terminó y ya es alumna de la escuela de Torrelobatón, ubicada a 25 kilómetros de su casa, y a la que se desplaza diariamente en taxi. Allí, tiene los mismos profesores y el único cambio es que compartirá clase con un puñado de niños del CRA Padre Hoyos -Santa Espina, San Pelayo, Castroveza, Vega del Valdetronco, Monte de San Lorenzo y Gallegos de Hornija, además de Torrelobatón-, del que la directora es Ángela Garrido.


Hace unos días se celebró un emotivo acto de despedida a la puerta de la escuela en el que la alcaldesa agradeció el compromiso de este grupo de profesores, y al que también asistieron un puñado de vecinos, casi todos del aula mayores y de los que Ángela tuvo la suerte de aprender. Allí estaba Puri, portando una fotografía del curso 2000-2001 en la que 32 niños posaban sonrientes a las puertas de la escuela, o Josefa, que, con el orgullo de madre, contaba como su hijo, que ahora imparte clases de historia en un instituto de Sotillo de la Adrada (Ávila), encontró su vocación entre estas cuatro paredes.


Un poco más lejos, Gaudelio, un albañil de 82 años que llegó a Torrecilla siendo un niño, recordaba el incendio de las antiguas escuelas y cuando en el pueblo se tuvo que habilitar el salón del ayuntamiento como aula. “Entonces éramos cuatro grupos, dos de niñas y dos de niños. Esto es una pena. La alegría del pueblo son sus críos y nosotros ya no vamos a poder oír sus gritos”, sentenció.


Durante el acto, más de uno lamentó la decisión de algunos padres que prefirieron llevar a su hijos a colegios de Tordesillas, ya que en caso en contrario la escuela podría seguir abierta. El propio José, padre de Ángela, aseguraba que él siempre ha apostado por el pueblo y que se siente “orgulloso” de la formación que han recibido sus dos hijas, mientras su esposa, Carmen, recalcaba que, por la experiencia de su hija mayor, sabe que Ángela “estaba muy bien preparada”.


Confianza y confidencia


Conscientes de las que las circunstancias personales y laborales priman en la elección del colegio en la mayoría de las veces, las más convencidas de las ventajas de la escuela rural son sus propias profesoras. Laura tiene claro que el trato personal, “la confianza, la confidencia y las experiencias que se comparten no son las mismas en un grupo reducido que en un clase con 25 alumnos”. También asegura que el tiempo cunde mucho más ya que los “contenidos se mastican, lo que nos permite hacer actividades que un colegio al uso resultarían impensables, como las horas que hemos pasado en el aula de mayores aprendiendo de sus recuerdos”.


Laura, que reconoce su inspiración en la Institución Libre de Enseñanza, tiene claro que la mejor aula es la propia naturaleza y que el cultivar la creatividad y el pensamiento libre son pilares básicos de la formación. Para ella no hay duda: el modelo de escuela rural es el mejor sistema educativo.


Después del baño de emociones a las puertas de la escuela en el que nadie se acordó del COVID, con la directora del CRA en un mar de lágrimas e intentando articular palabra para dar las gracias a todo el pueblo por una “experiencia única y maravillosa”, la pequeña Ángela, que sueña con ser investigadora policial o forense, tuvo la suerte de recibir la última clase en su pueblo, una lección que seguro no olvidará en su vida.


Como otras muchas veces y aprovechando el primaveral día, la clase no fue entre los muros de la vieja escuela, sino en El Mirador de la Abadesa, al lado del Duero y en plena Reserva Natural Riberas de Castronuño, con el rugir del río como música de fondo y con un grupo de cigüeñas curiosas que no se quisieron perder el magisterio. Seguro que esa última lección no repasaron los adverbios, ni las preposiciones ni los decimales, más bien hablarían de la vida, soñarían y recordarían que “aquí fuimos felices”.