Valladolid suma otro bien de interés cultural

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El Soto de Medinilla constituye un referente imprescindible para el conocimiento de la primera Edad del Hierro en el Duero Medio, pues es uno de los más importantes y mejor conocidos asentamientos de esta época en la Península Ibérica, presentando un intenso poblamiento que se extiende de forma continuada, a lo largo de seis o siete siglos, entre el 800 y el siglo II a. C. Es precisamente el Soto de Medinilla el yacimiento que ha permitido caracterizar la primera Edad del Hierro en el centro de la Cuenca del Duero.


El emplazamiento inicial que hunde sus raíces en el siglo IX a.c., ocupa la base y el exterior de un amplio meandro de la margen izquierda del río Pisuerga, ubicado a unos 3 km al norte de Valladolid. Las tempranas investigaciones en la primera mitad del siglo XX y la década de los 60, permitieron, a partir del estudio de su amplia ocupación prehistórica y protohistórica, sistematizar la Edad del Hierro en este territorio, dando nombre a los primeros compases de esta etapa.


En los momentos iniciales el Soto es un poblado de ocupación ribereña del que conocemos hasta 16 niveles de ocupación superpuestos, con estructuras de hábitat de planta circular, almacenes y producciones vasculares realizadas a mano y cocidas en hornos reductores, entre otros muchos restos de cultura material, todo ello datado en la primera Edad del Hierro, entre el 800 y el 450 a. C.


Las primeras estructuras habitacionales eran cabañas de planta circular, levantadas con material leñoso y remataban con una cubierta vegetal que proporcionarían los abundantes bosques de ribera de álamos, sauces y fresnos. Avanzado en la época del Primer Hierro las cabañas ya se levantan con adobe y tapial sobre una base igualmente circular. Bancos corridos adosados a las paredes, muros pintados con motivos geométricos de vivos colores –rojo, blanco, amarillo y negro- y hogares interiores caracterizan estas estructuras de hábitat que al exterior tienen pequeños vestíbulos de acceso. Almacenes cuadrados, hornos y algunas estructuras de tipo hórreo complementan los espacios entre viviendas. En el interior de las viviendas se hallaban los telares, orzas para almacenamiento de los alimentos y algunos recipientes singulares que pudieron servir para batir la leche y fabricar sus derivados.


El poblado se encontraba defendido por una potente muralla de adobes y postes de madera que finalmente fue arrasada para construir encima de ella en época vaccea, cuando el poblamiento se hace más extenso y disperso. La economía de estas gentes del Soto de Medinilla descansaba sobre una agricultura cerealista así como una ganadería de ovicápridos y bóvidos, adivinándose por vez primera en este territorio, una auténtica vocación de permanencia del hábitat. La presencia de estructuras de granero y la abundancia de molinos de piedra hacen que la ocupación del Soto de Medinilla se interprete como de una cierta abundancia y bienestar que permite presuponer la existencia de una sociedad opulenta en la que algunos elementos singulares, como las vasijas pintadas, las fíbulas de doble resorte y los cuchillos de hierro serían, por su escaso número y origen foráneo, objetos exóticos al alcance de unos pocos individuos, consolidándose así la imagen de la conformación de élites sociales.


Singularidad del yacimiento


Durante las fases más antiguas, la abundancia de restos de caballo es muy superior a la de cualquier otro yacimiento de la misma época y existen evidencias de la actividad cinegética y pesquera; ciervo, jabalí, lince, gato montés, lobo y tejón; aves como la avutarda, la perdiz, garza real y grulla, sisones, carracas, urraca, corneja negra, pigardo y gorríon común. Algunos castores y nutrias avalan la idea de un río Pisuerga limpio y de tupida ribera en el entorno del yacimiento durante el I Milenio a. C. en el que se lleva a cabo la pesca de salmón, cacho, boga, serpiente de agua y galápago común. Las características geográficas del terreno, de origen aluvial, hicieron de la agricultura la base económica de sus pobladores en el último milenio a. C., completada con una menor dependencia de la caza y un aumento de la cría de ganado.


Destaca en el Soto prerromano la incorporación temprana del asno -una especie que llega a la Península Ibérica de mano de los fenicios a partir del siglo VIII a. C.- en la cabaña doméstica, llegando a superar al caballo. Otro tanto ocurre con las pequeñas gallinas criadas para el consumo. Se detecta la realización de una actividad recolectora de especies silvestres como la endrina, la zanahoria, las leguminosas, los piñones y las bellotas, unida a una actividad agrícola basada en el cultivo del trigo común, escanda y esprilla y cebada.


El Soto de Medinilla constituye el único lugar con una superposición estratigráfica tan compleja. En ninguna otra ciudad vaccea existe algo parecido a la secuencia de construcciones de la Primera Edad del Hierro registrada aquí.