Ser torero

Ser torero

Miguel Cid nos trae el recuerdo de aquellos personajes populares (actores, poetas, literatos, deportistas, políticos) que alguna vez han soñado con ser toreros (James Dean) y otros que han toreado por pasión y afición taurina

Decía Rafael Ortega “El Gallo” que, “en la vida todo se torea”. Y no digamos ahora, en la que, con la que nos ha caído encima, no sabemos ya si somos espectadores, toreros o incluso animales a los que nos están toreando, que de todo somos, según las circunstancias de las que hablaba Ortega y Gasset.


Pero no es a esto a lo que quería referirme, sino a la ambición, ilusión o sueño de ser torero, como muchos ilustres personajes han querido serlo. Así veíamos que el miércoles 30 se cumplían 65 años del fallecimiento del actor norteamericano James Dean, del que cuentan que dormía con un capote y decía que si no triunfaba en el cine probaría suerte como torero. Y añadía “por el sentido del rito, la valentía y la elegancia que el torero derrocha en el ruedo”. Una bella y certera definición de la torería.


Pero no es el único, ya que, Manuel Machado, insigne poeta como su hermano Antonio, también escribió unos históricos versos: “Y antes que un tal poeta, mi deseo primero hubiera sido ser un buen banderillero”. Una confesión igualmente sublime.


Y no queda ahí la cosa, pues nada menos que Rafael Alberti, hizo el paseíllo vestido de luces en la cuadrilla de su amigo y también literato Ignacio Sánchez Mejías, cuya muerte por una cogida, provocó la elegía más bella jamás escrita, como es el “Llanto”, de Federico García Lorca, el cual fue vilmente asesinado precisamente junto a dos banderilleros.


Hay muchos más casos, algunos históricos como el de Carlos I, que alanceaba toros o Goya que, según cuentan, llegó a hacer sus pinitos taurinos. Y, más recientemente, el presidente Adolfo Suárez y ahora su hijo, el diputado Suárez Illana, que han toreado ambos en festivales benéficos con bastante éxito.


Pero hay otros casos menos llamativos y menos conocidos de famosos aspirantes a toreros, como el de mi amigo Paquito Fernández Ochoa, medalla de oro olímpica en Sapporo y al que vi torear de corto en los festivales de Cercedilla y que llegó a decir que más que esquiador le hubiera gustado ser torero.


Y es que, la torería tiene unos valores únicos, como dice hoy el matador francés Sebastián Castella, con motivo de su retirada de los ruedos, al definirla como: “la profesión más bonita que existe” y también, sin duda, en la que más sentimiento, valor y arte se derrochan, como señalaba con rigor el ya citado y malogrado James Dean.


No es extraño, por ello, que muchos quieran llegar donde sólo lo consiguen unos pocos. Y es que, “Muchos serán los llamados y pocos los elegidos”.