El Rey secuestrado

El Rey secuestrado

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Esta mañana, los españoles hemos vivido uno de los días más tristes de nuestra joven democracia: el Jefe del Estado ha permanecido secuestrado en el Palacio de la Zarzuela por decisión del psicópata que ocupa el Palacio de la Moncloa, y es que, al amparo de la pandemia, el Gobierno no para de hacer fechorías, todas en la misma dirección.


Ayer, un año más, estaba programada la entrega de títulos a los nuevos integrantes de la carrera judicial egresados de la Escuela Judicial, ubicada en Barcelona, en una concesión, otra más, a la autonomía catalana. Ya el año pasado se celebró este acto en Madrid, pero este año se había decidido que se desarrollara en Barcelona, como era habitual.


El Consejo General del Poder Judicial, organizador del acto, había cursado las invitaciones al mismo anunciando que sería presidido, como en los últimos veinte años por Su Majestad el Rey, quien ya había confirmado su asistencia.


Súbitamente, y sin justificación alguna, desde el Palacio de la Moncloa se anunció que el Rey no acudiría a Barcelona. La decisión la había tomado “quien la tenía que tomar”, según señalaron de forma repetitiva la vicepresidenta del Gobierno y el ministro de Justicia, que fueron incapaces de reconocer que la decisión la había tomado el “presimiente” Sánchez y sin dar explicación alguna.


 El estupor en el mundo judicial fue enorme y todas las asociaciones de jueces y magistrados, excepto, cómo no, “Jueces y Juezas para la democracia”, han mostrado su disgusto por la decisión impuesta desde Moncloa, y así lo ha puesto en evidencia el presidente del CGPJ en su intervención, para disgusto del ministro de Justicia que en ausencia del Rey no pintaba nada en aquel acto.


El propio Rey Felipe VI al terminar el acto, telefoneó al presidente del Tribunal Supremo para confesarle que le hubiera gustado asistir al mismo, como lo venía haciendo desde que accedió a la Jefatura del Estado. Tampoco asistió el presidente del Tribunal Constitucional, que previamente había confirmado su presencia, y no es difícil suponer por qué.


Y aunque desde Moncloa no se atreven a reconocer la verdad, nadie ignora la realidad de los hechos: Descartada la falta de seguridad, que sería muy preocupante de ser cierta, pues debería haber supuesto la suspensión del acto, es evidente que la presencia del Rey fue vetada por los separatistas catalanes, como una pieza más a pagar por el “fraudillo” para conseguir el voto catalanista en los próximos presupuestos.

Y el asunto no es baladí: el Gobierno, que constitucionalmente controla la agenda del Jefe del Estado, está tratando de complacer a todos aquellos que quieren terminar con la monarquía Constitucional, empezando por el vicepresidente Iglesias, separatistas y filoetarras, con tal de mantenerse en la Moncloa. ¿Alguien puede entender que el Gobierno prohíba la presencia del Jefe del Estado en una parte del territorio nacional?


La verdad es que, mientras nos distraen sin dar un dato cierto, con los contagios, los confinados y los fallecidos, están consiguiendo que esto se parezca cada vez más a Venezuela. Y se reían cuando algunos lo veíamos venir. Nos recortan derechos fundamentales, controlan la fiscalía, (¡ay Lola, Lola!), su último objetivo es el Poder Judicial. Después, sólo queda la Corona y las Fuerzas Armadas, a las que la Constitución encomienda garantizar la integridad territorial.


Cuando el miércoles Pablo Iglesias avisaba al PP que nunca llegaría al Gobierno, no parecía referirse a un resultado electoral, sino al fin de la democracia que es lo que sus compañeros de viaje vienen haciendo allí donde llegan al poder. Esperemos que ese Poder Judicial que quieren controlar lo evite, y que las Fuerzas Armadas, cuyo mando supremo corresponde al Rey cumplan su misión.

Así que, como diría mi padre, “Ojo al Cristo que es de plata”. Vamos que, o espabilamos o vamos derechitos a las colas del hambre.