Comenzó la aventura

Comenzó la aventura

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Soy profesor y acabo de ser testigo del inicio del curso 2020/2021, en Palencia, para los niveles de educación Infantil y Primaria. Además, he tenido ocasión de acompañar a un equipo de Canal 8 de televisión durante su reportaje en el comienzo de esta aventura, concretamente en el Colegio Marista Castilla. Lo primero que debo señalar es al altísimo grado de compromiso del claustro de profesores, la buena gestión de los equipos directivos y la colaboración de las familias y alumnos. También el personal de administración y servicios ha sabido estar a la altura. Esta valoración positiva, no aduladora, es extensiva al conjunto de la comunidad educativa en general.


No hay casualidades en este comienzo cargado de incertidumbres, dudas y temores lógicos y naturales. A pesar de la desorientación y permanentes cambios de estrategias por parte del ministerio de la señora Celaá, tan dada a la improvisación y la grandilocuencia de la nada, los centros educativos han diseñado protocolos de actuación más que fiables, ateniéndose a las medidas e instrucciones dispuestas en materia de sanidad. El comienzo ha sido normal, dentro de la anormalidad en la que nos movemos y que, por descontado, protagonizará la vuelta y la estancia en las aulas. Hasta aquí, y con justicia, no se puede pedir más que se vele por la seguridad de todos dentro del ámbito escolar y, en la medida que se pueda, desarrollar la actividad docente con las mejores garantías, que nunca serán las más óptimas, ni convenientes.


El nivel de estrés está garantizado. Los profesores y los alumnos, y la comunidad educativa en su conjunto, se enfrentan a desafíos y retos que van más allá de lo meramente lectivo, que no es poco. Las condiciones de trabajo, las metodologías, las restricciones y las normas han alterado el marco, el escenario y la actividad de los protagonistas del acontecer escolar. Muchos cambios se han implantado conforme a  lo que se venía trabajando en cursos anteriores. El aprendizaje cooperativo, la interacción social entre alumnos, la suspensión de actividades extraescolares, la presencia física del profesor más discreta, la implantación a marcha y martillo de la digitalización, o simplemente, el descanso durante los recreos, se ha transformado a golpe de normativas, directrices de actuación y protocolos en otro universo.


Las señalizaciones por doquier, los avisos y la cartelería, con todo tipo de gráficos, imágenes e información es el decorado de clases, pasillos, salas, patios y zonas comunes de diverso uso y destino. Todo, absolutamente todo, está cubierto de señales dispuestas en paredes, corcheras, pizarras, paneles e incluso,  suelos. Los consabidos geles desinfectantes, mascarillas de variadas  formas y colores, alfombrillas y los turnos en todo, aportan una atmósfera extraña, en ocasiones intimidante y hasta amenazante, en esta nueva aventura que supone el comienzo del curso. También la habitual efusividad del reencuentro tras las vacaciones ha desaparecido. No hay contacto físico con los amigos y compañeros del curso anterior, tampoco con los profesores. Una frialdad afectiva se impone de forma contundente e irreversible. La acogida no ha sido cálida, pese al esfuerzo de unos y de otros por aliviar los nervios, tensiones y temores iniciales. La cortesía y la amabilidad han imperado.


Afortunadamente, no he visto abuelos, tampoco las habituales escenas de padres que acuden al rescate de infantes primerizos en su estreno colegial. No ha habido aglomeraciones, ni reuniones en el patio en amena charleta. Sinceramente, espero que esta actitud responsable y ejemplar de hoy perdure en el tiempo, al menos mientras dure esta maldita pandemia.


Los colegios han respondido con empeño y diligencia en su actuación serena, responsable y con una gran profesionalidad. Como educador me preocupa lo que está pasando de puertas para fuera. Un centro de enseñanza es, potencialmente, un campo de expansión y transmisión del coronavirus, como siempre lo ha sido con todo tipo de contagios. Estaremos de acuerdo. Nadie puede dejar de citar experiencias personales en este tipo de asuntos en materia de salud escolar. Gripes, gastroenteritis, piojos, y otras enfermedades más delicadas son muy comunes. Yo mismo he tenido, en todos los años de experiencia docente, aulas con alumnos que comparten dolencias. El covid-19 es  mucho más fácil de transmitir. Como comprenderán esto es preocupante, pese a la abundante literatura médica aparecida en prensa durante los últimos meses que, de manera insistente reduce la capacidad de los menores en la cadena de transmisiones. Sí, pero un centro de enseñanza es un mundo de incesante ir y venir de gentes, no solamente niños, también hay jóvenes. Muchas personas entran de fuera procedentes de distintas zonas de residencia, de diversas localidades y amplísima gama de centros de trabajo. La movilidad social es un rasgo definitorio de la vida de la comunidad escolar.


El riesgo es evidente y la ley de la probabilidad matemática impone su lógica. Habrá contagios, habrá bajas de profesores, el cierre de aulas es una posibilidad ante brotes numerosos, pero es muy difícil que un colegio se cierre, pero no es imposible. Los dispositivos de protección  están en marcha y garantizan, al menos por el momento, la seguridad y la nueva “normalidad”. Hay voluntad entre el profesorado de dar una respuesta eficaz y solvente que garantice el proceso de aprendizaje del alumno y, hasta donde se pueda, a la socialización y seguridad del conjunto.


Para terminar mi reflexión haría un llamamiento a las familias, más una petición de apoyo y auxilio, de colaboración decidida y activa para que la vida de los colegios pueda desarrollar su función social. No se puede perder otro curso escolar. La sociedad no se lo puede permitir, el futuro común e individual así lo requiere. Colaboren con nosotros, los profesores, más allá de las verjas y recintos escolares. En casa, en la calle, en el parque, o donde sea, tomen conciencia del compromiso y la responsabilidad social que representa cumplir con las medidas de seguridad sanitarias dispuestas. Estoy convencido de que llegará la vacuna, pero mientras tanto no hay más opciones que las de afrontar la embestida con respeto al enemigo declarado, mantener abierta la actividad docente y, por supuesto, evitar la paralización de la economía. Es una batalla que, o todos ganamos, o todos perdemos. De momento, muchos han perdido, otros están perdiendo y muchos sobreviven, con más o menos éxito. No se puede esperar que las respuestas las den exclusivamente las autoridades, la respuesta ciudadana es clave y definitiva para garantizar el control, o el descontrol desbocado a consecuencia de conductas imprudentes e irresponsables.


Mucho ánimo a todos, mucha fuerza y ¡¡¡Feliz comienzo de curso 2020/2021”.