Incompetentes, indolentes y sinvergüenza

Incompetentes, indolentes y sinvergüenza

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La situación de España es patética, resulta bochornosa, preocupante y quizás estemos ante los momentos más críticos de la historia de esta Nación.

          Nos enfrentamos a una crisis sanitaria en las peores condiciones posibles, capitaneados por los más inexpertos, para obtener el resultado más luctuoso, patético y triste del mundo, siendo la cabeza de los países con más muertos por millón de habitantes, los que peor hemos afrontado la crisis, mientras nos jactábamos y cacareábamos de ser la sanidad mejor del mundo, demostramos que ni estábamos preparados, ni teníamos a los mejores, ni había capacidad de respuesta, ni previsión de crisis, pese a existir protocolos de actuación contra epidemias desde hace años.

Son momentos históricos en los que no se tomaron medidas sanitarias serias, solventes y con una explicación científica veraz, para poner a un fantoche o marioneta, aprendiz de científico o meritorio de político que hoy decía una cosa y mañana la contraria, para acabar siendo una burda copia de un clon o de un bufón.

Tampoco tomamos medidas jurídicas que evitasen, eviten o puedan evitar, la aplicación de sistemas constitucionales pensados para una alarma de todo tipo, pero que superan la limitación de derechos y de controles precisos para una necesidad sanitaria, que no obliga más allá de la limitación de movimientos.

          Morían nuestros mayores, sin el cariño de los suyos, abandonados, sin servicios y sin los cuidados mínimos por unas administraciones que no sabían que hacer, qué los abandonaban y que sólo se dedicaban a asumir el mando único, pero trasferir la responsabilidad a otros que, también la tenían y la ocultaban, lanzando la pelota al mando único.      

Cada vez que hacen eso, no se dan cuenta de que están poniendo de relieve que la coordinación del Estado y con las autonomías no funciona, no ha funcionado nunca. El sistema autonómico ha puesto de relieve que no funciona, que es sistema político, para políticos, y muy lejano del ciudadano. Que tenemos un Estado inoperante, carísimo, que nos mata y que se mantiene en beneficio exclusivo de los políticos, por más que nos vendan sus bondades cuando hay que demostrarlo. No funciona la sanidad, no funciona la educación, no funcionan los servicios básicos que el Estado ni da, ni coordina y las comunidades los usan para colocar al más bobo de la casa, pero eso sí la responsabilidad es una pelotita de ping-pong.

          Mueren nuestras empresas sin que nadie adopte medidas de apoyo, de ayuda o de cuidado de su ecosistema, más allá de echarlas a los tiburones, dilatar su agonía en el tiempo y amenazarlas, como criminales de guerra, si no son capaces de sobrevivir. ¿a qué tanto ecologismo si el ecosistema imprescindible de la empresa, del pan de los ciudadanos, lo emponzoñamos y lo tenemos putrefacto?

         Todo esto, con una clase política que se insulta, que se enfrenta, que hace una pantomima para no trabajar, cobrando sus emolumentos sin restricción alguna, disfrutando de sus vacaciones como si la vida pintara de color de rosa, comprando casoplones y dilapidando el crédito, la vergüenza, la dignidad de esa clase, viendo cómo mueren los ciudadanos, las empresas, el país sin que ellos hagan absolutamente nada más que dorarse al sol.

         ¿De verdad es importante Cayetana, el emérito, el biquini de la mujer del presidente o los insultos de “rata” a la rata del vicepresidente? Que España se está marchando por el sumidero, que el paro superará las previsiones más negras, que nuestros sistemas sanitarios, educativos, judiciales, administrativos se encuentran en la Edad Media y que, salvo los funcionarios y, por ahora, que siguen cobrando, la cosa no funciona y que si no adoptamos medidas urgentes, rigurosas y eficaces, acabaremos en la suspensión de pagos del Estado.

          La izquierda ha perdido la vergüenza, la dignidad y el respeto por los ciudadanos. Lo siento por mis amigos de la siniestra, ahora no sólo pienso que vivís en el error, sino que os han tapado los ojos, oídos y olfato, pero yo a vosotros no os llamaré canallas, miserables o desearé que enferméis, eso os lo dejo para vuestra meditación, si esa aún no os la han quitado.

         La derecha que no vuelva a decir “por España” porque nos están mintiendo, son tan insolventes, indolentes e incompetentes como los de la siniestra e incapaces de dejarse de fruslerías para, juntos, con un mínimo común denominador, que debe de ser España, coger las riendas y sin peleas estériles, sin milongas de putillas o chaperines de lodazal, comenzar a trabajar para servir a los españoles con planteamientos, ofertas, trabajos y desarrollos de salvamento, que no veo por ningún lado. La esperanza es lo último que se pierde.