El virus del populismo

El virus del populismo

Parece que estamos en el año del virus por antonomasia como es el Covid 19, sin embargo, ese virus no sólo no está solo, sino que tiene compañías peligrosas como es el del populismo, que, aunque no mate físicamente, en algún caso también, produce estragos difíciles de reparar, aunque la vacuna contra éste sea a largo plazo y de difícil eficacia.


Antes se hablaba sólo de la hermana gemela del populismo, como es la “demagogia”, o quizá la careta con que se tapa el rostro, pero ahora el populismo campa de forma descarada por sus respetos y lo invade todo hasta el extremo de no existir campo político-social en el que no prolifere. Y ello, porque los nuevos partidos, especialmente, pero no sólo, lanzan sus slogans y soflamas como si fuera el bálsamo de Fierabrás, del que hablaba nuestro inmortal Quijote.


Y no es de ahora, pero el nuevo populismo ha tomado vigor para llegar más que al pueblo a la “gente”, como se lo denomina ahora, dándole todo tipo de remedios para sus problemas a la vez que se condena sin paliativos a las élites sociales ahora denominadas “casta”. Y así está el panorama.


¿Quién se libra de esta plaga-virus que nos asola? Prácticamente nadie, desde la izquierda a la derecha. Bien es cierto que algunos movimientos llevan en su propia identidad este estigma y que otros sólo incurren en él más o menos esporádicamente, según le convenga, pero desde Donald Trump hasta Hugo Chávez, el populismo es o ha sido su arma arrojadiza y ante ello sólo cabe una vacuna, cual es la del voto democrático, como ya ha empezado a aplicarse en las últimas elecciones autonómicas del País Vasco y, en especial en Galicia, en el que el virus ha sido prácticamente curado.


No obstante, para que no tenga razón Pío Baroja cuando dijo aquello de que “los políticos viven gracias a que los demás no saben”, la mejor medicina preventiva es, sin duda, “saber”, para que la ignorancia no sea el campo abonado de estos demagogos de tres al cuarto y su perniciosa semilla no fructifique.