Pisar la calle

Pisar la calle

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Al fin! Todos los ciudadanos -sean españoles o no, qué más da- que viven en esta 'piel de toro' han podido pisar la calle. ¿Lo hacen los políticos? Más bien no. Ellos siguen con sus escarceos, exabruptos, felonías, manías, fobias y filias a lo suyo. Si pisaran la calle verían que el ciudadano camina por otra calle.


Fue salir a la calle y respirar esa bocanada de aire fresco. Saludar al sol de la tarde -parecía veranito- y escuchar el canto de los pájaros. Es lo que da vivir alejado del inmundo centro. El primer encuentro con la realidad fue la muestra feliz de las risueñas caras, blancas de confinamiento, pero alegres al aire puro. Seguir el camino y cada vez más personas. Todas cumpliendo escrupulosamente las normas que debemos acatar, por la salud y el bien de todos. Las aceras llenas de hierbas salvajes que habían crecido como en una ciudad fantasma. Pero las gentes iban a lo suyo. A su vida, su razón, su verdad y su felicidad. 


Fue un placer entrar en los senderos que surcan los terrenos baldíos, salvajes del Zurguén y contemplar amapolas, margaritas, lavandas... y las aves que alborotaban el camino. Todo el valle salpicado de pequeños rebaños. Pero no! No eran las ovejas que se habían apropiado ese tiempo atrás de los campos, sino personas en busca de su 'liberación'. Incluso alguna echaba al aire alguna copla en su andar parsimonioso mientras recogía en el baldío flores silvestres.


Es la vida de la calle. Es el ser de los ciudadanos. Su razón y su existencia al pisar la calle. Es la vida alejada del ruido, mucho ruido -como la canción de Sabina- que existen en la lejana política. Y todo por un puñado de votos, que no de dólares, porque de esos están bien asistidos. Sí, hay que decirlo claramente. El ciudadano camina por un sendero y los políticos, desgraciadamente, van por otro bien distinto. 


Las gentes solo buscan vivir su vida, su trabajo y en paz! Basta ya de tanto postureo, de tanta soflama, de tanta rabia, de tanto cabreo, de tan mala leche o uva, de tanta mentira, de tanto bulo... ¿En verdad le importa la vida de la gente? Certeramente no. Solo su existencia.


Bajen a la calle y observen la vida. La realidad del ciudadano. Quizás, desde esa visión, se den cuenta del tremendo ridículo que hacen un día tras otro con sus discursos huecos, interesados, vacíos y llenos de rabia y rencor. Yo me quedo con las gentes que cogen flores silvestres y cantan, alegres, su copla. Si quieres escuchar el cantar de tu alma, haz silencio a tu alrededor. Porque la música comienza cuando las palabras acaban