Cuando el baloncesto volvió a vibrar en Pisuerga

Cuando el baloncesto volvió a vibrar en Pisuerga

|

Pocas veces un año significa tanto para un deporte en una ciudad. Ya no son los títulos conseguidos, los records batidos o los partidos ganados. Cuando se traspasa la barrera deportiva, es que no se olvidará en mucho tiempo. El 2017 expira sus últimos instantes, pero muchos lo recordaran como el año en el que el baloncesto volvió a ser baloncesto en Valladolid. Y fue gracias a un irreductible equipo, modesto en cuanto a presupuesto y aspiraciones, que se coronó con un ascenso inesperado y ahora se codea con los mejores de la categoría que, sin embargo, no merece Valladolid. Porque, amigos, Valladolid es y siempre será ACB.


No es necesario pararse a repasar cada una de las jornadas de LEB Plata de la campaña pasada, tampoco hay que revisar las actuales de LEB Oro, esas quedan mucho más a mano en las crónicas y estadísticas; solo hay que pararse a rememorar una serie de momentos en los que todo cambió, en los que el CBC Valladolid permutó el guion establecido. Esos instantes en los que, de no haber sucedido todo tal cual fue, quizá la historia hubiese sido diferente, y nada de esto tendría sentido.


La derrota ante Albacete


La temporada había tenido altibajos, pero cuando restaban cuatro jornadas para el final, todo parecía indicar que las ardillas iban a estar presentes en sus primeros playoffs de ascenso. Ante el colista por aquel entonces, Arcos Albacete, las expectativas eran de victoria asegurada y prácticamente finiquitar la posición de promoción. Quien recuerda aquel encuentro en Pisuerga puede visualizar como fue todo lo contrario, como los acontecimientos se torcieron desde el primer segundo de partidos en una verdadera pesadilla que hizo desquiciarse a todos los presentes.


A pesar de ello, la esperanza regresó en el último cuarto. Una de esas remontadas típicas de los chicos de Paco García que quedó en nada con la canasta ganadora en el último segundo del conjunto visitante. Ahí se complicó todo. A tres jornadas para el final, el CBC debía rendir visita a dos rivales complicados y finalizar en casa la machada. Si esta derrota hubiese sentado como una losa y el equipo hubiera bajado los brazos, no estaríamos hablando del éxito, ni un servidor redactando este texto.


No fue así, ni mucho menos. El CBC sacó casta, venció en Hospitalet, hizo lo mismo en Cambados y se llenó de moral frente a Granada, para terminar la temporada regular con tres victorias consecutivas y la clasificación para el playoff. Un playoff que terminaría de despertar la bestia baloncestística de Valladolid.


El triple


Cierto es que la primer ronda de playoffs, ante Alicante, fue dura, muy dura. Encuentros decididos por pocos puntos, igualdad máxima y victorias fuera de casa de uno y otro equipo. Pero, el momento de la promoción, en el que se vio que el CBC Valladolid estaba destinado a algo grande, se reduce a apenas dos segundos. Los que tardó Sergio de la Fuente en sacar el balón para Chatman y que el americano clavara una de las canastas ganadoras más antológicas de la historia del Polideportivo Pisuerga.


Desde más allá del centro del campo, a la desesperada, con el encuentro empatado ante Morón  en el segundo de la serie, después de remontar 17 puntos de desventaja con el 0-1 en el casillero. Un triple estratosférico, de los que pocas veces más se verán, y que no solo significó igualar la serie, para después ganarla y terminar ascendiendo. No, no fue una simple victoria. Fue mucho más. Despertó el hambre de baloncesto, la ilusión por el equipo, la pasión por la canasta que siempre ha demostrado la ciudad bañada por el Pisuerga. Devolvió la esperanza en un deporte que el dinero había destrozado.




Desde aquel lanzamiento salvaje de Chatman, la cancha se llenó de gente, el club respondió con promociones y facilidades a los aficionados, y la recta final del playoff fue una comunión total con la grada. Ahí fue cuando el baloncesto volvió a vibrar de verdad en Pisuerga. Cuando los amantes de la pelota y la cesta empezaron a hablar en el trabajo, con amigos o por redes sociales del regreso a Valladolid de un noble deporte que se había quedado en las catacumbas del olvido. Podríamos llamarlo un acto de fe, un milagro o una aparición divina. Pero, al fin y al cabo, solo fue el esfuerzo y la hazaña de un equipo que no estaba predestinado para ascender y que terminó sorprendiendo a todos.