'El chico de ayer'

'El chico de ayer'

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Un día cualquiera, no sabes qué hora es. La vida está confeccionada a base de pequeños retazos. Escasos momentos que nos embriagan y subyugan y nos empujan a seguir mirando al frente, a conjurarnos contra nosotros mismos y otear el horizonte, mejor lejano, que nos espera en este camino que nos toca vivir. Con la templanza y el sosiego que ofrece el otoño, lejos ya de los asfixiantes calores veraniegos y del agobio de coches, fiestas -las menos- y, por qué no, turistas, es momento para disfrutar de la intimidad, de los sentidos, de las personas y de las tierras que subyugan a este y al otro lado de La Raya.


Una noche de estas, envuelto en una luz triste que emana de unos rincones que muestran toda su larga existencia, te aferras al presente, al destino que cada día nace en uno mismo, como el sol que lanza sus rayos en cuanto volvemos a la vida y le abrimos nuestra ventana. Te sujetas a los momentos dulces que venían hacia tí y, subido en su halo de hermosura, caminas sin andar a ciegas por esos momentos y dejas pasar lo que ya no se ve, la existencia de otros tiempos y otras personas.


Fue el momento de encontrarte con las melodías que llegan desde el fondo. Es 'la huella' cuyo paso es siempre espectacular. Siempre animado. Siempre dándo todo… y siempre llenando con ese ‘feeling’ especial. Y, de por medio, ‘El chico de ayer’… con su isotónica y su güisqui… entregado, bondadoso y protagonsita. Son las miradas y también los gestos. Son los altos en notas que emergen desde el fondo. Es el dúo que anima y se anima, baila y hace bailar, ríe y hace reir...


Muchas veces, hacia la madrugada, escuchas llegar una isa cargada de múltiples ecos que un día creíste perdidos en la distancia del tiempo, ese compañero fiel que todo lo borra. Esas notas que te empujan a seguir adelante. Que te dibujan letras en el aire. Ritmos de un tiempo ido que vuelve hacia ti su compás, interesante como un libro que abres y te muestra la otra vida, ésa que se confunde con las olas de los mares que bañan tu ínsula solitaria.


Ante el pavor del toque de las campanas, tañendo sones lastimeros, encuentras una humilde casa solariega que te acoge en su regazo como una madre cobija al hijo que se marcha un día y, después de muchos sufrimientos, regresa a su amparo. Vuelves a la vida, después de aquel viaje detenido y curiosidad grande. Retornas al aliento de aquellos otros que hicieron época en tu tiempo y vida dejando en tu memoria un recuerdo visto y sentido. La aventura humana. La vida de cada día.


Ahora, en la añoranza revivida encima de un escenario en la noche de la fiesta con 'El chico de ayer', después de aquellas últimas fiestas del Imperio –denominación de De Villena–, aquel reino que dominó la juventud y el placer, recuerdas en la distancia un precioso poema de Gil de Biedma, De senectute, en el que empieza: No es el mío, este tiempo, y sigue: Me despierto/ como quien oye mi respiración/ obscena. Es que amanece./ Amanece otro día en que no estaré invitado/ ni a un momento feliz... Y después del despertar ingrato y del temor, finaliza: De la vida me acuerdo, pero dónde está.


Podría haber sido aquel Madrid estruendoso y bello de la libertad, para tu conocimiento, amigo. Un Madrid con buenas palabras y felices días prohibidos. La prohibición que se desploma cuesta abajo. Ahora tienes rabia, pero también deseo de no hundirte en el pozo de los sedimentos más contrarios, lejanos a la vida que nunca viene y que llega muerta a este siglo XXI, después de tirar aquella libertad de una patada en la puerta.


Un momento, visto con los catalejos de la edad y la distancia y el tiempo, que esperó a languidecer y a morir, como aquella Pathy Difusa, escritora ficticia, modernista y travestida, en la mente y la pluma de un Almodóvar que iniciaba el ciclo cinematográfico del gran público.


Tras unos cuantos años, regresas a tu noche. A tus escritos más íntimos, a esa escritura que brota de lo más hondo. A los sentimientos. A la fuerza que imprime la personalidad. A la libertad, en suma, que debe guiar a toda persona. Regresas a la copa de la vida, como el vino añejo criado en una bodega antañona. Vuelves a encontrarte contigo mismo, alejado de presiones, intereses, mentiras y manipulaciones. Lejos de esas verdades a medias, de esos silencios que queman en las entrañas. Llegas a la realidad de la vida que viene de la mano cada día.


Sabes, porque ya lo has vivido, que la amistad es la confluencia de dos mundos, uno de virtudes y otro de desgracias. Dos mares que se funden en un océano y que bañan los retales que modelan la existencia. No es más que el espíritu inquieto de un pobre diablo, nocturno y pendenciero. Un día cualquiera, no sabes qué hora es, 'El chico de ayer', cachis!