Macedo de Cavaleiros, el reino maravilloso del Carnaval de Portugal

Macedo de Cavaleiros, el reino maravilloso del Carnaval de Portugal

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El viajero llega a Podence, freguesía de Macedo de Cavaleiros, en este ciclo de Carnaval marcado por una meteorología benévola –a ciencia cierta no sabe si por el cambio climático o por estar en un paraje más que natural, es el GeoPark y el glaciar y las albuferas y las playas fluviales-. Es entrar en el pueblo, todo cuesta arriba, aunque lo que se sube también se baja, cachis, y encontrarse con una marabunta de visitantes, ya anunciada en los aparcamientos, imposible –gracias a la GNR que permitieron al periodista aparcar en las cercanías, por eso, dicen, de la profesión-. En fin.


Suenan gaitas, cajas y tambores, muchos tambores que llegan desde Vila Real. Es un sonido característico, mezclado con las voces de la ingente cantidad de turistas –llegados desde toda Portugal, pero también muchos de Salamanca, Zamora, Valladolid y Madrid- de las tierras transmonatanas en sus ritos y en sus fiestas, populares o religiosas.


De repente, como al sonido de una ráfaga de viento, callan las tensas pieles y suena un cencerro, chocalho dicen por estos pagos. Comienzan a llegar coloristas figuras, cuyos vivos colores –verdes, rojos, amarrillos, blancos…- chocan con la frialdad del invierno y se hacen más llamativos. Son los caretos, esos mascarados perdidos en el tiempo que diferencian su identidad por las cencerradas –chocalhadas- a las mujeres y las rapazas. Es el contacto físico, el toma toma de los cencerros en el meneo del cuerpo contra el otro cuerpo. Es la risa. Es la broma bien llevada. Es la inocencia pícara del careto. Es la aceptación social del rito. Es la atracción para la foto de rigor, porque, todo hay que decirlo, la paciencia de estos mascarados bien vale una cerveza, como la que el viajero degustó con las chácharas –hablas- del careto Gonçalo en la Taberna  T’i Carolino. Donde las mollejas y el queso y los riñones y las risas.


Porque este Entrudo Chocalheiro de Podence también tiene su otra vertiente. Quizás, vistos otros rituales, sea el más visitado, atractivo, aceptado e interactivo de todas las mascaradas. Tiene esa vertiente de fiesta y feria. Es la taberna que solo abre para los días de Entrudo –de viernes a martes-. Son las casetas y stands que dan aires feriales. Es el ir y venir, el trajín de un gentío que va en aumento.


La sucesión de chocalhadas, de un lado y otro de la calle, en lo bajo y en lo alto de la rua principal de Podence, donde se celebra el Entrudo –con principio y final en la Casa del Careto- donde se yerguen majestuosas y altaneras las figuras del Padre Fontes de Montalegre y el Diablo- es constante. Es el juego casi erótico en que los cencerros son batidos con un meneo especial de cadera, que baten contra las piernas o las caderas de las rapazas. Unas ríen, pero otras se agitan asustadas al ser sorprendidas por ese juego de sonido y destreza.


Unos cincuenta caretos rememoran y continúan con la tradición más ancestral del rito aceptado por la comunidad, en esa convivencia que antes se fundamentaba en los rapaces y hombres solteros, que ‘iban’ a por las rapazas y también las solteras en edad, en ese contacto que, antaño, en la vida real del día a día en una aldea tansmontana, parecía casi un sacrilegio ante la sociedad y la iglesia.


De por medio, presentación de Rituais com Máscara


Mientras los caretos se mezclaban con el gentío. Posaban como el ‘santo Job’ ante la ingente cantidad de móviles y tablets, en la Casa del Careto tenía lugar la presentación del libro ‘Rituais com Máscara, Macedo de Cavaleiro', de la serie Rota das Máscaras de Portugal, que edita Progestur, a cargo del presidente de la Câmara Municipal, Duarte Moreno, acompañado por el coordinador, Hélder Ferreria, la autora de los textos, Patrícia Cordeiro, y el fotográfo Nuno Feliz.


El presidente Duarte Moreno explicó que “el Entrudo Chocalheiro, es, durante cuatro días, un perfecto cartel de visita de estas tierras de Cavaleiros. Los caretos de Podence son los mayores embajadores del territorio GeoPark Mundial de la Unesco. Son icono máximo de su legado cultural, legítimamente responsable de la preservación de esta manifestación tradicional”.


Entra la noche. La mayoría de los visitantes han abandonado la aldea –sobre todo aquellos acompañados por pequeños-. El renqueo de los autobuses –varias docenas- se mezcla con el aún sonido hueco de los tambores. En la calle principal, donde el trajín de ir y venir, de corridas y espantadas, un intenso aroma a asado anuncia la hora de las meriendas o cenas. Según avanza la noche y el aire gélido transmontano bate lo que se encuentra en su camino, las tabernas se llenan de comensales. Es la gastronomía del grelo que en estas fechas se hace indispensable. También enchidos, fumeiros y postas…


Mientras, en un rincón de la Taberna del T’i Carolino, el viajero departe con Nelio y el careto Gonçalo. Es la pinta de vino y la risa. Es el transcurrir del tiempo que se pierde, como el sonido de los chocalhos cuando el viajero desciende la calle –donde movimientos en las penumbras simulan demonios-, con la noche. Y también queda la ancestralidad más genuina. El Carnaval más atávico de Portugal... El Entrudo Chocalheiro con su espectacularidad cromática y de participación que lo hacen único.


Atrás queda la historia de la vida. La vida de estas aldeas transmontanas que aún, pese a los nuevos tiempos y modernidades obscenas, mantienen vivas sus creencias, transmiten su ritos y respetan, y requieren respeto, la convivencia entre sus gentes. Para qué más si la vida es corta y el mañana incierto, comenta al viajero un careto de buen ver, cachis.


REPORTAJE GRÁFICO LUIS FALCAO