Cataluña o el pesimismo de la inteligencia

Cataluña o el pesimismo de la inteligencia

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La curiosidad es algo natural porque la gente siempre está ansiosa por conocer. Hace unos años la gente estaba ansiosa por conocer las propuestas concretas que el presidente del gobierno de turno iba a hacer para sacar al país de la crisis. De momento ya lo hemos visto, en lo económico como nos ha ido de regular. Pero en el secesionismo la estrategia electoral consistente en arriesgar lo mínimo y huir de los compromisos precisos y ha respondido a un concepto excesivamente cauteloso que suele conducir a la derrota o a la victoria raspada, ya que la claridad, la sinceridad y la firmeza dan mejores réditos en las urnas que la ambigüedad y la indefinición.


La desesperación de los españoles y su irritación tras legislaturas de disparates monumentales, y errores de bulto han hecho que a día de hoy, en Cataluña estemos como estamos. El español está harto de sonsonetes y diretes. Al final el ciudadano acaba pasando, y el que no pasa se lleva el gato al agua. Nuestra presente ruina material y moral es fruto de un marco conceptual y ético perverso en sus mismos fundamentos, que requiere una verdadera catarsis colectiva. En otras palabras, que nos hace falta una nueva estructura mental, o recuperar la verdadera, ya perdida, en lo institucional, territorial y normativo, y alguien que esté decidido a emprenderla sin temor y sin concesiones. En definitiva la mentalidad de país.


La definición de enemigo la podemos ver en la fenomenología del falso y de los grandes falsos de la historia de la humanidad. La historia del falso es la historia del enemigo incluso cuando no lo hay, porque el odio es la emoción que calienta por dentro. Los nacionalcatalanistas, cuando ya no hay dictadura ni cortapisas, se las inventan para poder desarrollar su política. El falsario tiene mayor poder en cuanto está vacío y no se puede descubrir.


El problema catalán o mejor dicho la farsa catalana es muy grave. Más grave de lo que parece a los mesetarios españoles, como nos llaman desde allá. Se ha dejado rodar la pelota, el famoso laissez faire, se ha dejado inflar por parte de un granujerío político que se le ha dejado campar a sus anchas. Con el “España nos roba” acompañado de muchas más falsedades e injurias, y se ha dejado crecer un fascismo nacionalista encubierto cuyos protagonistas tenían que estar en la cárcel. La democracia está secuestrada en Cataluña desde hace muchos años. Desde que no se respeta la lengua del Estado, desde que se obliga a los comerciantes y empresarios a borrar todo vestigio de español.


Desde que se tolera que los libros de texto expliquen mentiras, desde que vas a visitar un monumento y de repente te cuentan la historia de papa pitufo y sus acólitos, rebozada de victimismo y neonacionalcatalanismo, una serie de disparates de los que incluso los propios catalanes que viven fuera de Cataluña se avergüenzan. Digo fuera porque los que viven en Cataluña están adormecidos en una realidad virtual, teñida de un soterrado racismo. De momento se aprovechan de unos emigrantes que trabajan y cotizan, y que votarán, porque no conocen otra realidad que la impuesta, pero luego se les podrá culpar de todos los males para echarlos porque no son de los nuestros. Algunos parece que llegan a senadores. Técnica empleada por todos totalitarismos, y tristemente muy reconocida en muchos lugares del mundo en la actualidad.


Es conocida la frase de Gramsci sobre el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Vivimos tiempos que nos demandan un optimismo basado en el coraje. Aunque al final ante la farsa catalana si los gobernantes y las instituciones no exigen cumplir la legislación vigente a los máximos representantes de la administración, a los ciudadanos poca esperanza nos queda, y más después de tantas y tantas evidencias y desplantes...