La sandía mal partida

La sandía mal partida

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La etimología de los pueblos de España abarca mucho más allá de unas simples letras. Su nombre esconde en ocasiones un singular origen que se ha ido transmitiendo de forma oral de generación en generación, forjando en ocasiones peculiares fantasías. Sin embargo, el fantasma de la despoblación enarbola sus cadenas para amenazar la pervivencia de unos relatos contados antaño a la luz de una nocturna lumbre y hoy día difundidos de vez en cuando a la sombra de calurosas tardes estivales. La pérdida de jóvenes en nuestros pueblos está dejando sin herencia folclórica a municipios con una riqueza oral directamente proporcional a la belleza de sus paisajes. Campos y piedras que fueron testigos de historias que luchan por sobrevivir a las garras del olvido. Es el caso de Malpartida, un pequeño pueblo de la comarca de Peñaranda, al este del territorio charro lindando con la provincia de Ávila, cuyo origen se sustenta en un peculiar pleito por unas tierras que se saldó a cielo abierto.


Cuenta la leyenda que Malpartida perteneció hace siglos a lo que actualmente es el término municipal de Santiago de la Puebla, bañado por las cristalinas aguas del río Margañán. Entonces era una pequeña aldea cuyo nombre ni siquiera recuerdan ya los más ancianos. Allí vivían tres familias que se dedicaban principalmente a trabajar los molinos ubicados a un kilómetro de distancia junto a la ribera del río, lugar donde se entremezclan las zonas rocosas con una extensa vegetación de encinas, mimbrones y chopos. Un reducto paradisiaco a través de cascadas y olor a tomillo.


Cual aldea gala de Astérix y Obélix ubicada en uno de los últimos rincones salmantinos, estas familias mantenían unas difíciles relaciones con los vecinos del núcleo principal de Santiago de la Puebla. Por un motivo u otro, el enfretamiento dialéctico culminó en pleito por unos terrenos situados a un par de kilómetros. Pero no fue un juicio cualquiera. En lugar de celebrarse como hoy día los conocemos, un acto en el que ambas partes exponen sus razones y después el juez delibera una sentencia, este pleito se dirimió en pleno campo. Tal era la enemistad existente con los vecinos de la pequeña aldea, que reclamaban la independencia jurisdiccional, convirtiéndose también en un municipio. Pero, ¿cómo hacer para contentar a todos? ¿Cómo habilitar una manera capaz de establecer unos lindes definitivos que aparcaran para siempre la discusión? ¿Cómo partir lo que nunca había sido dividido?


La decisión recayó en una sandía. En una simple sandía. El juez quiso jugar a ser el rey Salomón y decidió que la dejaría caer sobre el suelo. El corte determinaría los límites entre Santiago de la Puebla y el nuevo municipio surgido de la pequeña aldea. Todos accedieron, pues era mucho lo que podían ganar. Pero también mucho lo que perder. Y así fue. Sandía en alto. Miradas expectantes. En su pequeño trayecto rasgó el viento mientras la esperanza de los contendientes volaba hasta el infinito. Y cayó la sandía, pero el corte no fue limpio. Un trozo era mucho mayor que el otro. ¿Cuál? Lamentablemente para las familias de la aldea, el suyo era el menor. “No puede ser, está mal partida”, replicaron, y así quedó para la eternidad el nombre del nuevo municipio: Malpartida.


Aunque hoy día sea un municipio de apenas diez kilómetros cuadrados con unos 150 habitantes, frente al medio millar y cincuenta y tres kilómetros cuadrados del término de Santiago de la Puebla, sus habitantes consideran que, al fin y al cabo, se quedaron con la mejor parte de la sandía, pues la llanura de Santiago se torna en monte y agua en Malpartida y aseguran que muchos ‘santiagueses’ se desplazan hasta sus tierras para disfrutar del Lunes de Aguas junto a los molinos, e incluso durante muchos siglos quisieron apoderarse de ellos y los usaban de forma furtiva. Tal es así que existe una zona mágica, ‘Las Pozas’, cuyas templadas y sulfurosas aguas, según aseguran los más viejos del lugar, cuentan con propiedades medicinales beneficiosas tanto para el estómago como la piel. Ironías del destino, porque como se suele decir, la mayor esencia se guarda siempre en frascos pequeños.