La otra nochevieja universitaria: entre celo policial y jóvenes en celo

La otra nochevieja universitaria: entre celo policial y jóvenes en celo

|

El Fin de Año Universitario (nueva denominación para la nochevieja universitaria por motivos de derechos de autor y conflictos comerciales) no volvió a defraudar en Salamanca. Y eso que este año tenía una connotación especial por la huelga de celo anunciada por los sindicatos de la Policía Local para no hacer la vista gorda con nadie que llevara la más mínima botella de alcohol por la calle o estuviera bebiendo aunque fuera una cerveza. El mayor control no frenó a decenas de miles de jóvenes que volvieron un año más a abarrotar la Plaza Mayor y después los pubs y discotecas nocturnas.


Horas antes de comenzar la fiesta los accesos a Salamanca estaban blindados con controles de Guardia Civil, Policía Nacional y Policía Local. Máxima seguridad. Que se lo digan a los trabajadores de una cadena de televisión que tuvieron que salir todos fuera de su cuartel general porque un perro detector de droga no paraba de ladrar en su dirección. Pero era por una colilla de un porro que alguien arrojara al suelo cerca de allí. Tal es el privilegiado olfato de estos animales.


Según fue cayendo la noche aumentaba la presencia de agentes por doquier. Así, los macrobotellones que antaño se formaban en el Campo de San Francisco, Vaguada de la Palma, plaza de Anaya y plaza de Los Bandos son sólo un recuerdo. Algunos osados pipiolos hicieron botellón en lugares recónditos, ya fuera en portales, el perímetro del Palacio de Congresos o terrazas de bares aún abiertos a esas horas.


Tal era la situación que un servidor vivió las dos caras de la moneda del celo policial. Junto a la Plaza Mayor, debiendo mostrar el DNI pese a identificarme como prensa y mostrar la correspondiente acreditación concedida por la organización del Fin de Año Universitario. Pero así debe ser, que siempre sobre prevención y seguridad, que nunca falte. Y al contrario, mientras caminaba en busca de algún botellón, hubo grupitos que al verme rápidamente escondieron el alcohol al susurro de ‘cuidado, un secreta’. Haberlos, los había, como las meigas, y muchos, pero no era yo.


A las once de la noche había poco más de media entrada en la plaza, y no porque el ganado fuera para devolverlo a los corrales, como dirían los taurinos. Ni mucho menos. Calidad musical y de artistas, con renombre nacional. El motivo se resume en dos palabras: botellón casero. La mayoría de los estudiantes de Salamanca dispone de un piso, en el que se congregaron para su particular prefiesta, y quienes llegan expresamente para este día desde otras provincias de España aprovechan las casas que se alquilan por horas a través de internet para establecer su botellódromo.


Quienes se atrevieron a consumir alcohol en la calle lo hacían con las bolsas de plástico para introducir rápidamente las bebidas si veían alguna patrulla policial y simular que se dirigían hacia su casa. O se situaban junto a terrazas hosteleras para aparentar que habían comprado la consumición en el bar. España es el país de la picaresca y Salamanca la cuna del Lazarillo de Tormes.


Mientras el celo policial controlaba el perímetro de la Plaza Mayor, jóvenes en celo pululaban por el interior del ágora charra. Los efluvios etílicos ya hacían estragos antes de la medianoche. Perreo al ritmo de la música, incluso algún que otro twerking, parejas devorándose, magreos… pero también lloros por ese flirteo no correspondido, rechazos sin miramientos (lo que se conoce como ‘poner un nulo’ o ‘poner una N’) y hasta alguna que otra pareja rota. Y no sólo jóvenes había en la Plaza, también parejas entradas en años y hasta de la tercera edad bailando los ritmos de 'chunda chunda' y reguetoneros (y de paso se llevaron a casa gorros piratas y paraguas de regalo). Porque el Fin de Año Universitario es como la vida misma, sonrisas y lágrimas, emociones a flor de piel y mucho amor, amén de sorpresas inesperadas.


Pasada la medianoche la fiesta continuaba en los garitos charros, pero todavía había quienes querían acceder a la Plaza para las doce campanadas. ¿Pero dónde váis ya? Le preguntaban los agentes. La noche, que confunde, como decía el televisivo Dinio. ¿Cómo terminará la madrugada? Unos se lo reservarán para su intimidad, otros dejarán su marca entre vomitonas, meadas y suciedad por las calles. ¿Habrá quienes terminen la fiesta en el hospital por una intoxicación etílica o por una pelea? También en el calabozo de comisaría por una agresión o conducir bajo los efectos del alcohol y las drogas. Este viernes saldremos de dudas cuando llegue el ‘parte de guerra’, pero eso ya será otra historia que contar mientras la mayoría de los pipiolos que disfrutaron a una juerga única ‘duermen la mona’.