El oso de la Catedral de Ciudad Rodrigo

El oso de la Catedral de Ciudad Rodrigo

|

Las grandes edificaciones permanecen inmóviles al paso de los siglos, desafiando al transcurso de un tiempo que no perdona a cada generación de hombres. Sin embargo, esta majestuosidad imperecedera no nace generalmente exenta de avatares en una época donde se demostraba el ingenio del ser humano al ser capaz de levantar templos, castillos, palacios y murallas en precarias condiciones laborales y tecnológicas. Es el caso de la Catedral de Ciudad Rodrigo, cuyas obras comenzaron a finales del siglo XII al amparo del monarca Fernando II para potenciar la Diócesis mirobrigense tras la repoblación de la zona.


Estos trabajos se prolongaron durante varias fases, una durante el posterior reinado de Alfonso IX, a partir de 1210; otra ya en los comienzos del reinado de Fernando III, desde 1230, y la última a partir de 1319 con el privilegio otorgado por doña María de Molina a siete obreros exentos de pagar impuestos. Una tardanza similar no podía dejar al margen a la cultura popular, siempre aliada del adorno literario y de la fantasía para tratar de arrojar una tenue luz allá donde la oscuridad ciega el entendimiento humano.


Cuenta la leyenda que por aquel entonces, el rey Fernando II de León vivía embelesado con Ciudad Rodrigo. No podía quitársela de la cabeza. Su sueño era convertir a la vieja Miróbriga en una gran ciudad, y de ahí que propiciara la construcción de las murallas, repoblara la zona hacia cotas inimaginables hasta la fecha y, sobre todo, auspiciara la edificación de un gran templo que nada tuviera que envidiar a la Catedral de Salamanca. Así comenzaron las obras de la Seo mirobrigense con gran entusiasmo y fervor. Pero los trabajos no avanzaban como se esperaba y la gente que cada día pasaba por el adarve de la muralla no apreciaba cambios significativos. ¿Qué ocurría en el interior de la zona rodeada de andamios? Los obreros bien lo sabían.


Día tras día, semana tras semana, los constructores de la Catedral de Ciudad Rodrigo acometían los trabajos según lo establecido en los planos. De manera ardua y con gran esfuerzo intentaban avanzar más allá de lo previsto, pero al abandonar la obra con la llegada de la noche para su merecido descanso y regresar al alba se encontraban con una ominosa sorpresa: gran parte del trabajo del día anterior estaba destruido. ¿Cómo podía suceder? Eran incapaces de imaginarlo, por lo que decidieron pasar la noche junto al templo en busca de una explicación temiendo que alguien entrara por la noche en las obras para gastarles una macabra broma y entorpecer su labor. Sus sospechas se desvanecieron al instante al escuchar sobrecogedores bramidos durante toda la noche. ¿Qué misteriosa fuerza se introducía cada madrugada en la Seo mirobrigense?


Poco a poco, la historia se extendió por toda la ciudad y comenzaron a circular rumores sobre la existencia de un demonio empeñado en que no se pudieran terminar los trabajos de la Catedral. Nadie daba crédito a lo que llegaba hasta sus oídos, pero nadie quería adentrarse en la oscuridad de las obras para comprobarlo. Mientras, pasaban los días y la edificación no avanzaba. Hasta que por fin un joven se armó de valor y decidió hacer frente a la criatura responsable de tan destructivos bramidos.


Con gran sigilo se adentró en el templo, ocultándose en los rincones más intrincados y estudiando cada palmo del terreno. Empezó a escuchar los bramidos y, presto, se dirigió hacia ellos. Estaba dispuesto a todo. Fuera lo que fuera. Y allí estaba. De entre las sombras se alzaba una extraña figura que arrasaba con lo que encontraba a su paso. El valeroso caballero desenvainó su espada y no lo dudó dos veces, saltó sobre la misteriosa fuerza y le asestó un golpe tan directo como certero. Un agonizante rugido dio muestra de la herida de muerte. Pero, ¿qué era? De repente, un leve halo de luz de la luna apuntó hacia el campo de batalla, como queriendo aportar su granito de arena para desvelar el misterio. El joven alzó la cabeza y no podía creer lo que veía. Era un oso. Un simple oso, eso sí, tan grande y con tal fiereza que hubiera sido el mismísimo demonio en forma de animal.


A partir de entonces, las obras de la Catedral de Ciudad Rodrigo no volvieron a sufrir retraso alguno y, tras varias fases, pudieron completarse. En una de las partes del exterior del templo puede apreciarse perfectamente un hombre luchando contra una enorme bestia, señal inequívoca de los avatares padecidos por una obra que parecía no tener fin.