Los extraños lobos de El Cabaco

Los extraños lobos de El Cabaco

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Los animales salvajes siempre han producido un temor especial a los habitantes del medio rural, un miedo directamente proporcional a la situación aislada y boscosa de un pueblo. De entre todos los seres que campan por la provincia salmantina, el lobo es el más temido. Este mamífero carnicero, salvaje y dañino para el ganado, hoy día es una especie protegida, sobre todo al sur del río Duero, pero no hace mucho tiempo era fácil escuchar sus aullidos nocturnos, espeluznantes ecos que resonaban por la Sierra en noches de luna llena. Tal era el efecto que genera en la conciencia humana, que muchas historias transmitidas oralmente de padres a hijos se centran en este mítico animal. Es el caso de los extraños lobos de El Cabaco.


Cuenta la leyenda que una familia de este municipio a las puertas de la Peña de Francia tenía un niño de cinco años que era muy despierto, tanto que cada día su madre le encargaba llevar la comida a su padre en el lugar donde se encontrara trabajando en ese momento. No era precisamente una labor de permanecer en el pueblo, pues este hombre se dedicaba a fabricar cisco y carbón de brezo, por lo que empleaba gran parte de su tiempo en el monte.


Un día, como de costumbre, el niño, llamado Pedro, recibió la cesta de su madre. Sin embargo, ese día su padre desempeñaba su trabajo en una parte del monte muy cerrada. Aunque el infante era demasiado listo e iba marcando el camino para su regreso, cual pulgarcito serrano, poco a poco la senda se estrechaba. Al final, como no conocía bien la parte final del camino, se perdió.


El padre regresó a casa de trabajar y, preguntado por la madre, aseguró no haber visto al niño. Como Pedro no llegaba, rápidamente se alarmaron, saliendo en su busca y avisando de forma célere a todo el pueblo para que se unieran en el rastreo. Durante horas caminaron sin parar. Otearon todo el monte, pero ni rastro del niño. Sólo quedaba rezar y las mujeres más ancianas pedían a San Antonio que candara los dientes al lobo, pues abundaban por estos parajes. La noche se tornó cerrada y la desilusión se apoderó de todos los habitantes de El Cabaco. Se temían lo peor.


Con los primeros rayos de luz, sin apenas haber descansado, los padres del avispado Pedro salieron de nuevo raudos en su busca. De repente, al llegar a un chozo que los pastores habían construido para guarecerse del frío, allí estaba, sano y salvo. No podían creerlo. El niño tenía buen aspecto a pesar de haber pasado toda la noche a la intemperie. Presa de la curiosidad, el padre le preguntó si había pasado miedo, pero con total tranquilidad le respondió que no, que había estado con un coco (un lobo) y cuando cerraba los ojos le decía: “Coco no te duermas, que te duermes”. A partir de entonces, al monte se le conoce por el nombre de Pedro Lobo.


No es ésta la única leyenda de El Cabaco relacionada con tan singulares animales. Cuentan los más viejos del lugar que había un pastor de cabras del que se decía era muy ‘ajustao’, pues solía dejar solo al ganado mientras se iba a otro sitio a trabajar en el campo. Pero en una ocasión, fuera mala suerte o un escarmiento del destino, apareció una manada de lobos y mató al centenar de cabras que tenía al cargo este pastor. Al enterarse los amos, lo denunciaron sin dilación.


Llegó el día del juicio. El cabrero de El Cabaco, que era muy astuto, aseguró ante todos los presentes que estaba cuidando el ganado, pero entonces llegaron 101 lobos, cien para cada una de las cabras y el último, el más grande y feroz de todos, para él. Por este motivo, no pudo hacer nada para evitar que mataran a las cabras, porque él estaba luchando contra el líder de la manada. Como no hubo testigos de lo contrario, el pastor de cabras salió indemne del juicio.