Ecos lejanos de mi pueblo

Ecos lejanos de mi pueblo

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Escucha la brisa fresca de la mañana que emerge del río entre arribazos de monte bajo que huelen a orégano y romero. Escucha el cansino transcurrir del Duero, que llora su tiempo parado desde la sima del lecho ahora que pasó el verano, y de la mano la ociosidad y la emoción por una tierra que quedó lejos, dejada a la solana de unos tiempos que no mejoran, de un terreno cuarteado en el abandono de una sociedad que mira hacia otro lado. Que observa desde lo alto de un teso a todos aquellos –la mayoría– que tuvieron que dejar el terruño y buscar nuevos horizontes.


Escucha el silencio de los campos ahora que los pueblos regresan a su vida de antaño, a la brisca y al tute, a las noches de serano y los ‘chochos’ y las aceitunas dulces. Ahora que el tiempo vuelve a existir y la vida y las gentes y los niños corriendo calle abajo sin aro y las niñas que ya no cantan al corro y los mozos que suplen la pelota por la terraza y las mozas abandonadas al espejo y a la piscina. Ahora que la abuela ya no tuerce ni gira la rueca, ni carda la lana, ni batea la manta de invierno, los pueblos viven su particular fiesta.


Los pueblos, resucitados con el sol y el verano, cambiaron su vieja ropa de soledad para vestir el traje nuevo de novio que no encuentra mujer para la boda. Las calles, si ayer mascullando abandono, ese tiempo de estío cargadas de bombillas, de banderines y verbenas engañosas de una realidad que oculta la vida aletargada, el silencio y la ceguera de esos que dicen que quieren pero no sienten su agonía.


Escucha el canto tempranero de la golondrina, la sinfonía de los álamos tras las casas y el canto del gallo cuando acaece el alba. Escucha la melodía de la vieja que habla de romances y amores, de picardías y pícaros, de señores y duquesas, de curas y criadas. Escucha el traqueteo del casco del burrito cuando sube la cuesta de Las Lastras. Escucha el goteo del agua que pende como un hilillo de los tiestos que Manuela 'La Marchena' regaba con la fresca. Escucha la llegada de la vida.


Muchos son los que regresan al encuentro de sus antepasados. Aquellos que buscan abrazarse a un pretérito cercano, pero que simula lejanía por los sentimientos y las vivencias que vienen tras de uno, como ese perrito que nos sigue y nos babea, nos lame y nos pide compasión. Todos esos que llegan con el alma empujada hacia la tierra deben escuchar el quejido del campo moribundo que agoniza en el toral del olvido.


Escuchar el lamento de unas gentes que lloran su soledad. Escuchar la mentira de esos otros que no miran porque no ven su miseria. En el trayecto del Pozo la Capilla a Las Lastras olvidé la existencia mezquina de engaños, falsas promesas y mesías de un reino que no es más que una pompa de jabón que crece y explota delante de nuestras narices. Escucha al pueblo,


tiovivo de la vida/ vuelta y vuelta,


diría el amigo José-Miguel Ullán.