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El Cubo de Don Sancho, atípica prisión para un infante medieval

3 octubre, 2018 13:22

El poder siempre aliena al ser humano. Donde hay una persona con dominio, hay otra subyugada o a su servicio. La historia de España está repleta de ejemplos de cómo unos pocos podían controlar a muchos con apenas mostrar ínfimos signos de superioridad que atemorizaran y generaran en el prójimo un sentimiento de inferioridad difícilmente superable. Durante la Edad Media, nobles y señores feudales manejaron a su antojo a la plebe hasta coartar sus derechos más fundamentales. Como prueba de su poder, edificaron castillos, fortalezas y torreones donde residir y demostrar des un nivel superior quién estaba por encima de quién. El castillo de El Cubo de Don Sancho, protagonista del decimoséptimo capítulo de esta serie dominical sobre los pedregosos testigos mudos de la historia, es un fiel reflejo de esta función dominadora de las familias nobiliarias que camparon por la provincia de Salamanca durante largos siglos.

Junto a la iglesia parroquial de El Cubo de Don Sancho, emplazado en el centro de una localidad a caballo entre las comarcas de Vitigudino, Campo Charro y Ciudad Rodrigo, este torreón tiene un origen desconocido. En el siglo XI, la repoblación cristiana llevada a cabo en la provincia de Salamanca con habitantes del norte otorga vida a este lugar que poco a poco fue haciéndose un hueco junto a la zona conocida como la Ramajería. Esta peculiar ubicación en tierra de nadie propició una aparente tranquilidad, por lo que no fue hasta ya casi finales del siglo XIV o principios del siglo XV cuando surge el torreón.

La zona fue siempre lugar de señorío de los condes de Ledesma, que tuvieron a su principal impulsor en Beltrán de la Cueva, protegido primero del rey Enrique IV y posteriormente de los Reyes Católicos. Una localidad en un singular paisaje regado por el río Huebra, lo que convirtieron a este territorio de dehesas en un paraje para el retiro y el sosiego. De ahí que este torreón pasase desapercibido y sea protagonista de una curiosa historia por la cual desde entonces esta localidad se denomina El Cubo de Don Sancho. Y es que, como todas las fortalezas de la provincia de Salamanca, entre sus muros esconde relatos de intriga y pasión, avatares y desventuras de sus inquilinos, piedras que rezuman anédotas por sus cuatro costados. No podía ser de otra forma en este municipio con una denominación tan peculiar.

Según la tradición oral, en esta torre en forma de cubo estuvo preso el infante don Sancho, quien pasaría a la Historia como Sancho IV de Castilla, hijo de Alfonso X ‘El Sabio’. Al parecer, este rebelde infante apoyado en ocasiones por sus hermanos Pedro y Juan habría recibido un escarmiento con su encierro forzoso en esta torre, y de ahí que la historia se transmitiese de generación en generación hasta nuestros días.

Sin embargo, la investigación de Ramón Grande del Brío acerca de la historia de esta localidad, reflejada en un detallado libro, señala que el nombre de El Cubo ya aparece recogido en documentos del arcediano de Ledesma del año 1260. En estos escritos todavía no se menciona la coletilla ‘de Don Sancho’, por lo que este hecho, unido al estudio que data la construcción de esta fortaleza entre los siglos XIV y XV desmonta la tradición popular referente a Sancho IV, fallecido en 1295 y llamado ‘El Bravo’, apelativo que ganó como consecuencia de sus continuas disputas fraticidas por el reino de Castilla con su padre Alfonso X.

El Cubo toma su apellido siglos después procedente de otro Sancho y que parece estar relacionado con la torre medieval erigida en homenaje al que fuera uno de los primeros señores del condado de Ledesma, el infante Sancho ‘el Mudo’, fruto de las relaciones extramatrimoniales del rey Alfonso XI con doña Leonor Núñez de Guzmán y que murió en 1343 a la edad de doce años. También se habla en esta versión de un encierro forzoso de este infante, aunque lo único cierto que queda al fin y al cabo es la estrecha relación de esta construcción con la localidad a la que ha dado nombre hasta nuestros días.

Ahora bien, ¿se puede definir a este edificio como un castillo, como una fortaleza, o tal vez como una residencia palaciega? La fecha de su edificación deja de lado su función defensiva, pues la Reconquista estaba ya muy avanzada por los Reyes Católicos, a punto de culminar con Granada, y más bien se debe a un símbolo de poder de sus dueños y señores frente al pueblo llano.

Ejecutada con sillería de granito, se trata de una torre señorial de la que se conserva un simple cubo de buenas proporciones con muros de metro y medio sin que se pueda apreciar restos de construcciones anejas y sólo se conserva de su fábrica original la planta rectangular y restos de los matacanes. Precisamente esta cuestión ha desatado numerosas dudas sobre su origen, pues se desconoce hasta el momento si hubo un recinto amurallado a su alrededor, similar a otros torreones de la provincia de Salamanca que no llegan a una estructura tan voluptuosa como los castillos de Ciudad Rodrigo y Alba de Tormes, por poner dos específicos ejemplos.

Heredado por diversas familias nobiliarias durante los años posteriores, en el siglo XVIII perteneció al Marquesado de Cerralbo. Tras las desamortizaciones civiles del siglo XIX, fue adquirido con el término municipal de El Cubo de Don Sancho por Nicomedes Sánchez y Vicente Rodríguez Fabrés, adquiriendo los vecinos posteriormente parte de sus tierras. El paso del tiempo estuvo a punto de pasar factura a este torreón hasta que llegó a manos del Ayuntamiento, que lo restauró a principios del siglo XX, estableciendo cuatro plantas. Así lo recoge Antonio García Boiza en su inventario de castillos del año 1937 al referirse a esta construcción “situada en la calle de la Torre número 12 y se le recuerda con frecuencia en el romancero”.

Hace casi tres décadas fue restaurado totalmente, presentando en la actualidad un envidiable estado de conservación y una excelente habitabilidad, pues alberga las dependencias municipales y una de sus plantas está destinada a sala de exposiciones, demostrando de nuevo las caprichosas ironías del destinos, que transforman un monumento que fue prisión de un individuo en lugar público para todos los vecinos.