El vaivén romántico del Real Valladolid

El vaivén romántico del Real Valladolid

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Como una relación pasional sin nadie al volante, un fulgor casi adolescente que iba del amor para toda la vida al ya no te cojo el teléfono. Así fue el partido más romántico del Real Valladolid, que enamoró con una primera parte de ensueño y rompió corazones tras el paso por vestuarios con el derrumbe de la segunda parte. Pero no hay crisis emocional que no tenga ocasión de redimirse con una buena reconciliación.


En la semana de San Valentín, el club jugó bien sus cartas y promovió una campaña para que abonados y abonadas pudieran llevar gratis a su pareja. En un partido retransmitido en abierto por la televisión y un viernes a las 21.00 horas, Zorrilla tuvo una de las mejores entradas de la temporada con más de 11.000 espectadores. Toda una declaración de amor.


El rival a conquistar era poco menos que un amor platónico. El Huesca está demostrando de largo ser el mejor equipo de la Segunda División, llegó a Zorrilla con sólo tres derrotas y 55 puntos, líder sólido y, encima, con un ex del Pucela al frente, Rubi.


Pero el equipo de Luis César se quitó los complejos, se olvidó de sus defectos y pensó sólo en sus fortalezas para el cortejo. Juego directo, llegadas por las bandas y Mata, mucho Mata para encandilar y despertar las mariposas en el estómago de todo buen romance fugaz. Todo eran sonrisas y miradas brillantes en la grada de Zorrilla. Además, la expulsión del Huesca dejaba el partido enfilado para la segunda parte, 2-0 y con un jugador más. Iba a ser una relación duradera.


Entonces llegaron las dudas, las discusiones, las torpezas, los sinsabores. Del ‘te quiero más que a nada’ al ‘no puedo ni verte’ en sólo quince minutos. Incredulidad. Esto no me puede estar pasando a mi, pensarían cientos de aficionados que veían ante sus ojos derrumbarse aquél idílico romance. Primero un mazazo y luego otro. Empate y dudas, muchas dudas. ¿Y ahora qué?


Luis César se volcó para mantener la relación viva, para que la llama del amor no se apagase. Tres cambios en diez minutos. Más no puedo hacer, seguro que pensó el técnico. Y el desaliento frenó. El problema es que de aquél amor que parecía único en la primera parte, ahora el empate resultaba una relación casi vulgar. Había que conformarse con un emparejamiento de conveniencia, sin pasión, todo rutina e inercia.


Cuando la desidia ya parecía inundar el ambiente de Zorrilla, llegó la reconciliación. Como no podía ser de otra manera fue sorpresiva y fascinante, un gesto de amor. Un gran control, un pase perfecto y un remate sublime. Todo en el aire, volando, suspirando. Victoria, alegría, pasión. Otra vez sonrisas y miradas brillantes. A casa con una felicidad que durará, al menos, hasta que la relación se vuelva a exponer a las dudas en el próximo partido.