La caza, al puchero

La caza, al puchero

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Una gran cantidad y variedad de ilustres turistas aterrizarán en esta provincia salmantina. Esos honorables visitantes conocerán las piedras, la Sierra de Francia y una pizca de Ciudad Rodrigo en unos circuitos que, personalmente, detesto. Que perdonen los organizadores.


Un pobre viajero, que no turista, prefiere caminar por rutas perdidas, hablar con la gente, compartir un ‘cacho’ jamón o una 'miaja' queso con el pastor o cabrero y, sobre todo, degustar esos platos caseros que aún preparan antañonas cocinas a fuego lento y llama de encina.


Una cazuela de patatas con liebre Una cazuela de patatas con liebre


En esa categoría, que los distinguidos huéspedes turísticos no podrán disfrustar, se hallan las ollas con la caza, donde el sabor y el aroma se confunden entre nieblas y vapores de uvas que ya fermentan el azucarado mosto.


Miren. Una buena cazuela de barro donde humean patatas con liebre. Esa carne oscura que da brío y gallardía a un guiso que enerva los paladares. Un arroz blanco con perdiz cuarteada y el aroma de unas hierbas que confunden a los ‘dior’ de los prebostes. ¿Y el conejo? Ese danzarín de monte que cuece a fuego lento en un estilo que llaman ‘embolao’ que no envidia al mejor morcillo. No terminamos, queda el jabalí al guiso ‘pueblerino’ para las grandes corroblas.


Ustedes quédense con su modernismo, que este viajero come del pote de la abuela.