De San Martín del Castañar al Montmartre serrano de Mogarraz

De San Martín del Castañar al Montmartre serrano de Mogarraz

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Este verano atípico se desmigaja con pies ligeros en medio de la blandura vacacional. Gruesas comidas familiares, preñadas barbacoas, exuberantes cubalibres, lecturas nostálgicas, originales rutas de bicicleta de montaña por alejados caminos del Campo Charro en compañía de nuestros amigos José Ángel Torres y Paco Ferrero, entre abigarrados encinares y robledales, asendereados actualmente por el cerambyx cerdo, ese bello y letal escarabajo africano que está diezmando los entrañables bosques de quercus de nuestra infancia, ay.


Y además, los viajes. Cómodas escapadas de un día por la desigual geografía salmantina, pantalones cortos, sombrero de paja y cámara fotográfica en ristre, que evitan el engorro del equipaje abultado y las largas esperas en los aeropuertos. Acaso sin pretenderlo, este verano intermitente está resultando el del reencuentro con los orígenes, con esta Salamanca casi olvidada, en la que coexisten en extraña armonía extensas dehesas de toros bravos y cerdos ibéricos, donde el tiempo transcurre pando, y las enseñanzas universitarias, de ritmo más nervioso y puntero. Provincia de intensos contrastes, ay, que prorrumpe en las sierras de Francia y Béjar, llanea en La Armuña y se precipita bruscamente en los voladeros de Los Arribes del Duero.


Después del recorrido sentimental por Los Arribes, emprendemos este otro viaje no menos afectivo. Enfilamos esta vez hacia el sur, hacia las sierras que abrochan la provincia por su borde meridional y la separan de las Extremaduras, en concreto hacia la Sierra de Francia, que se anuncia unos kilómetros antes en la subcomarca denominada de Entresierras, entre Tamames y Linares de Riofrío, donde campea la Sierra de las Quilamas, almohadillada de encinas, alcornoques y brezales.


Junto a Luis Falcón y Paco Cañamero, entrañables rodrigones en estas correrías turísticas, de espíritu fluvial el primero y alma ferroviaria el segundo, en esta ocasión se suma a la expedición Roger Sánchez, director de la acreditada agencia de publicidad salmantina Roger Creativos.


Cinco núcleos históricos


Nuestro objetivo es visitar los cinco núcleos declarados conjuntos históricos en la zona (La Alberca, Mogarraz, Miranda del Castañar, Sequeros y San Martín del Castañar), Monleón por su interés medieval y los principales puntos geográficos: Peña de Francia, Valle de Batuecas y meandros del Alagón, entre Sotoserrano y la localidad hurdana, ya en el norte de Cáceres, de Riomalo de Abajo.


Desde Tamames emprendemos el camino hacia la Peña de Francia, en cuya cima, a 1.727 metros de altura, se halla el santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia, donde se guarda la imagen de tez dulce y morena que según la leyenda encontró en 1434 el monje francés Simón Vela ("Simón, vela y no duermas").


Hacemos un alto previo en El Cabaco con la intención de visitar el centro de interpretación de la explotación minera Las Cávenes, ya que este pueblo fue en época romana un importante centro de excavaciones auríferas. La sorpresa fue que, pese a estas fechas de intensa afluencia turística, dicho centro se hallaba cerrado (sólo abre un par de días a la semana). En España abundan este tipo de situaciones extravagantes: se invierte dinero público en edificar monumentos, abrir museos, instaurar centros diversos, pero luego permanecen cerrados porque nadie reparó en su momento en que el mantenimiento y la apertura diaria también conllevan costes. Y ahora resulta que no hay dinero para sufragarlos. En fin.


Desde las soberbias alturas de la Peña de Francia, cuyo pico enaltecido se erige en auténtica enseña de la zona (se divisa desde casi cualquier punto de la geografía serrana) la vista se esparce en derredor, de manera que en días de atmósfera clara pueden distinguirse los perfiles de buena parte de los pueblos serranos, el embalse de Gabriel y Galán, en Extremadura, y algunos pueblos hacia el Oeste que pueden distar cincuenta o sesenta kilómetros.


A los pies de la Peña, a resguardo de fríos y vientos, se oculta el enigmático Valle de Batuecas, hundido entre paredes montañosas, por el que discurren las aguas ubérrimas del río que le da nombre. Aguas saltarinas, rumorosas, transparentes, gélidas, que por momentos nos retrotraen a la infancia. A aquellos años lejanos en que el montañismo y la aventura en la naturaleza llegaron a convertirse durante algún tiempo casi en un estilo de vida. Como aquella tarde en que, en compañía de José Ángel Torres, nos sorprendió una fuerte tormenta en las espesuras del valle y tuvimos que construir a toda prisa, para cobijarnos de la lluvia y de los impresionantes relámpagos, un improvisado chozo de pastor con ramas y hojas de helecho.


Por la parte salmantina, se accede a Las Batuecas desde La Alberca una vez superado el puerto de El Portillo. Una carretera sinuosa, de una decena de kilómetros, conduce hasta el corazón de este profundo espacio, donde se levanta un apartado monasterio de carmelitas descalzos, el Santo Desierto de San José de las Batuecas, fundado en 1.599. Lugar misterioso y de leyendas, terreno espiritual festoneado de ermitas para la oración en solitario y pinturas rupestres en lo más profundo, con un vegetación lujuriosa y una fauna rica entre la que despunta la cabra montés.


Al otro lado, Las Hurdes


Y al otro lado del río Batuecas, Las Hurdes, con su aureola legendaria asimismo y aquella pobreza lacerante que relatara en su viaje de 1922 el doctor Gregorio Marañón y de la que luego daría cuenta asimismo Luis Buñuel en su documental surrealista Tierra sin pan.


Precisamente, un reportaje sobre el exilio interior en Las Hurdes al que fue condenado por el franquismo el sindicalista Nicolás Redondo fue uno de nuestros primeros trabajos periodísticos para el desaparecido diario El Adelanto de Salamanca. Tiempos juveniles, de descubrimientos, emociones y pasiones periodísticas y literarias desbordadas, ay.


Dejamos a un lado La Alberca, el pueblo turístico por excelencia de la zona, pues que todos lo conocíamos ampliamente, e iniciamos ruta hacia San Martín del Castañar. Llegamos justo cuando una comitiva institucional se disponía a inaugurar en su castillo el denominado Centro de la Biosfera.


Allí saludamos a las autoridades presentes: al secretario de la Subdelegación del Gobierno, a nuestro viejo amigo José Luis Yuste, jefe de prensa de la misma. Junto a ellos, estaban el director gerente de la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, Ramón Álvarez Vega, el alcalde de San Martín, Alfonso Buenaventura Calvo, y Ángel de Prado, gerente de Asociación de Agricultura de Montaña de la Sierra (ASAM), entidad que participa en el proyecto.


A Ángel lo conocimos hace más de veinte años cuando uno empezaba en el periodismo y él hacía lo propio en la hercúlea tarea de dinamizar en lo económico el territorio serrano, en la que sigue todavía. Es un personaje singular, que, pese a sus declaradas simpatías izquierdistas, ha sabido mantenerse en su puesto capeando vientos y mareas políticas diversas en las instituciones públicas provinciales.


Ha sido acaso el principal artífice del boom de las cooperativas que ha eclosionado en los últimos lustros en la Sierra de Francia al socaire de las subvenciones europeas y que, entre otros logros, ha permitido la aparición de acreditadas bodegas y la elaboración de estupendos vinos serranos, caso del Tiriñuelo o el Cabras Pintas, que saboreamos en el restaurante El Molino, junto al río Francia, en el término municipal de Miranda del Castañar, a la hora del almuerzo, masajeados por el murmullo de las aguas inquietas del río Francia y a la sombra de una indulgente chopera.


Habitualmente la percibimos de espaldas en el hemiciclo de las Cortes de Castilla y León, en los escaños del Grupo Parlamentario Socialista, y ella no acostumbra a vernos en pantalón corto y sombrero de paja. Conque fue una sorpresa mutua toparnos de frente en la inauguración del Centro de la Biosfera, a la cual ella también asistía, y en un lugar tan distante de la corte política regional como San Martín del Castañar. Ana María Muñoz de la Peña González, procuradora socialista en las Cortes de Castilla y León por la provincia de Salamanca y portavoz de su grupo en la Comisión de Fomento y Medio Ambiente, no podía faltar a esta cita política y medioambiental en su territorio personal y político que son las sierras de Béjar y Francia. Luego nos invitó a un café y ejerció brevemente de amable guía turística por el pueblo.


Además del castillo, tras cuyas murallas se halla el cementerio municipal, hecho sin duda pintoresco, destacan en San Martín del Castañar la añeja plaza de toros (la más antigua de España, según algunos), la recia iglesia parroquial, con bello artesonado, las calles estrechas y sinuosas con sus bellas muestras de arquitectura popular serrana y, sobre todo, el idílico vergel de amplias miras en que el casco urbano se posa, acaso "como una totovía" asustadiza que diría Francisco Umbral.


Meandros del Alagón y Miranda del Castañar


Nuestro siguiente hito son los meandros del río Alagón, entre Sotoserrano y la localidad hurdana de Riomalo de Abajo. A Dios gracias, las carreteras provinciales y autonómicas ya no son como aquéllas que recorrimos en otros tiempos, estrechas, con cerradas curvas e inesperados baches. El viaje resulta así rápido y cómodo. Para alcanzar el mirador desde que el se divisan los meandros hay que llegar hasta Riomalo de Abajo y luego tomar a la izquierda una pista forestal de unos 4 kilómetros, asfaltada, sí, pero con el firme muy deteriorado en algunos tramos a causa de las torrenteras primaverales.


Los meandros están ya en territorio extremeño, pero es como si fueran propiamente salmantinos porque los esculpe uno de los ríos más característicos de la provincia, el Alagón. Su nacimiento acaece en la cercana Frades de la Sierra, el pueblo del poeta José María Gabriel y Galán, y antes de perderse en las Extremaduras por Sotoserrano, en dirección al Tajo, en el que muere finalmente, a la altura de Alcántara, deja en los bordes salmantinos parajes tan idílicos como La Regajera, a los pies de Miranda del Castañar.


A Miranda del Castañar llegamos al mediodía, con el sol enseñoreado en el cenit, aunque dejamos el recorrido turístico para después del almuerzo. El castillo de los Zúñiga, en cuyo patio de armas se habilita la plaza de toros, los cuatro arcos que aún se conservan de la muralla, las calles estrechas y empinadas, bellos ejemplos de arquitectura popular... Es decir, también numerosos los atractivos de Miranda para el visitante. El castillo fue propiedad de la Casa de Alba, aunque actualmente está en manos municipales. Nos sorprende la imagen ingenua de San Ginés, bajo el arco de la puerta contigua al castillo, del mismo nombre que el santo.


Mientras recorremos sus calles, Falcón nos detalla el gran interés de la procesión de Los Candiles cada 8 de septiembre al anochecer, cuando las luces del pueblo se apagan y los vecinos pasean a la Virgen bajo los espectrales destellos de centenares de candiles sujetos a las paredes de piedra de las angostas callejuelas. Un espectáculo de estética sin igual para el que el Ayuntamiento ha solicitado la declaración de Fiesta de Interés Turístico Regional.


Junto al castillo, un enorme cartel anuncia en el edificio del Ayuntamiento una exposición itinerante que lleva por título 'Los santos de la peste', patrocinada por la Diputación de Salamanca, CSIC y otros organismos. Pero, como en El Cabaco, sorprendentemente estaba cerrada asimismo a pesar del azacaneo nutrido de turistas.


El calor aprieta y entramos a tomar un cubalibre en un bar de aspecto sorprendentemente moderno que se anunciaba en la calle El Pino con el sugerente nombre de La Mandrágora, el grupo que formaron en su día Joaquín Sabina, Javier Krae y Alberto Pérez. Su interior está decorado con sumo gusto, las vistas del entorno son buenas y, además del aire acondicionado, nos recibe una suave música de fondo, jazz para más señas.


Nos sorprende tanta excentricidad en este apartado paraje serrano. Un lugar además que es foco de cultura donde, junto a los buenos combinados y la buena música, se celebran exposiciones pictóricas, conciertos y un variado elenco de actividades culturales. Excelente también el modo de preparar los cubalibres, como en los más afamados establecimientos de Madrid o Barcelona. Un inesperado hallazgo, sin duda que recomendamos a cualquier visitante para hacer un alto en el camino.


Mogarraz, "necrópolis andante"


Con el vodka-naranja titineándonos todavía en el paladar, ponemos rumbo hacia Mogarraz, el pueblo de la familia Maíllo, conocida por el que fuera diputado provincial Miguel Ángel Maíllo, fallecido hace algunos años en plena juventud y a quien el pueblo ha dedicado una calle, y sobre todo por su hermano Florencio, pintor de abstracciones que hace algunos meses decidió convertir Mogarraz en su particular estudio al aire libre.


Mogarraz conserva acaso los mejores ejemplos de la arquitectura popular serrana. Llama la atención también en una de sus entradas el festival de cruceros de piedra, alineados como en procesión. Uno sentía curiosidad por presenciar el efecto de la original exposición 'Retrata2-388', impulsada por la Diputación de Salamanca y realizada por Florencio Maíllo.


Resulta que en la vecina Sequeros residía un fotógrafo, Alejandro Martín Criado, que recorría los pueblos serranos haciendo fotos de carnet a los lugareños. Fallecido el fotógrafo, en su estudio se hallaron centenares de negativos con los rostros de personas de la zona, en su mayoría fallecidas. Florencio Maíllo decidió sacar partido a este legado icónico proponiendo que de las fachadas de cada una de las casas de Mogarraz colgaran 388 retratos de las personas que habían residido en ellas.


La exposición concluyó en noviembre de 2012. Pero las gentes han mantenido los retratos de sus familiares en las fachadas, lo que da al pueblo un aspecto singular.Tras el resultado, Roger Sánchez define Mogarraz con un título que destaca su carácter artístico: "Un Montmartre serrano".


Por su parte, la catedrática de Arte Visitación Cascón Puerto, a la que conocimos durante nuestra visita a la iglesia parroquial, definió el resultado de la exposición de manera igualmente gráfica: "La exposición ha sido original y ha estado bien, pero ha convertido el pueblo en una necrópolis andante".


Dedicamos varias horas a recorrer Mogarraz, impresionados por el resultado de Retrata-2, un atractivo cultural que se suma al de su rica y bien conservada arquitectura popular. Sin embargo, la tarde avanzaba y había que cumplir los objetivos del viaje, que debía concluir en Monleón antes de que la caída del sol tiñera de sombras las Quilamas.


Con las prisas, pasamos como de puntillas por Sequeros, el pueblo donde transcurrió la infancia del poeta León Felipe, en el que destacan sobre todo el maravilloso entorno natural, El Robledo, y el Teatro, recientemente restaurado.


Monleón y Manuel Díaz Luis


En Monleón sobresale el castillo, del siglo XV, propiedad de la familia Llopis, aquel Salvador al que uno tuvo de colaborador literario en La Gaceta de Salamanca hace más de veinte años, puntilloso en extremo con los textos históricos y heráldicos que remitía al periódico. Al parecer, Salvador Llopis ha fallecido y el castillo, restaurado hace unos años, ha pasado a manos de sus herederos, que lo han destinado a residencia familiar durante su estancias en el pueblo.


Pero el interés arquitectónico e histórico de Monleón no está sólo en el castillo, sino en todo su casco urbano, como uno de los pueblos más antiguos de la provincia de Salamanca: su muralla, sus calles empedradas, el bello arco de las puertas de acceso, el verraco de piedra... También por ser el motivo del famoso romance popular 'Los mozos de Monleón', ambientado en la popular romería que se celebraba anualmente en el monte junto a la ermita que albergaba a la Virgen de las Yegüerizas: Los mozos de Monleón / se fueron a arar temprano / alsa y olé...


La visita nos recordó aquella otra visita necrológica que realizamos a mediados de los 90 a Monleón para rendir homenaje al escritor Manuel Díaz Luis, fallecido en 1995 en plena juventud. Autor de la novela Las aguas esmaltadas, lo contratamos como columnista cuando dirigíamos el también extinto diario Tribuna de Salamanca. Díaz Luis se asomaba dos días a la semana a los lectores desde su columna, que llevaba el título de resonancias unamunianas A la sombra de la catalpa, el árbol que da sombra a la estatua del Rector en Salamanca capital. Una humilde placa lo recuerda hoy en la plaza de Monleón, donde se creó un certamen literario en su nombre.


La evocación de Manuel Díaz Luis, aquel escritor breve, entusiasta y de estilo respingón y contundente, en ese entorno de melancolía grisácea y medieval que es Monleón, y al atardecer, justo cuando el crepúsculo entintaba de sangre el horizonte, produjo una extraña sensación en nuestro ánimo a modo de colofón del viaje serrano.


Sin embargo, la presencia campechana de Roger Sánchez, Falcón y Cañamero nos devolvió enseguida a la realidad presente, al camino hacia La Fuente de San Esteban, nuestro lugar de encuentro, con la ilusión de emprender nuevos viajes veraniegos por la geografía bella, variada y extensa de Salamanca y Portugal.