Recorriendo o Douro en tren: de Pocinho a Régua

Recorriendo o Douro en tren: de Pocinho a Régua

|

El río Duero, la más importante corriente fluvial castellana y que la identifica, se adentra en Portugal en la zona de Vega Terrón/Barca d’Alva, hasta donde antes llegaba la línea férrea más bella e impresionante de toda la Península y que, ahora, llora su olvido como un esqueleto perdido en las laderas de los profundos cañones de Arribes.


En nuestros viajes de este verano, Carlos Velasco, Ángela, Paco Cañamero y este viajero, emprendimos una de las rutas más interesantes y atractivas de La Raya: recorrer el Duero en tren desde Pocinho (Vila Nova de Foz Côa) hasta Peso da Régua. El río Duero/Douro, con sus sinuosos meandros, corre por esta región del norte de Portugal entre laderas, viñedos y frondosos olivares –muchos de nueva plantación- donde se producen los más famosos vinos de Portugal, el conocido vino de Porto, desde hace casi dos milenios. Además, el interés de esta zona es tal que la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad, en la categoría de Paisajes Culturales, en el año 2001. Una tierra que nos atrae como un imán y a la que siempre encontramos excusa para volver, y que supone ánimo, vida y espíritu ancestral.


Existen varias rutas para acceder a Vila Nova de Foz Côa, de la que Pocinho es una de sus freguesías. Nosotros comenzamos nuestra ruta por la frontera de Fuentes de Oñoro/Vilar Formoso para, entrados en Portugal, desviarnos a la derecha a escasos dos kilómetros desde la frontera y dirigirnos a Almeida, una de las ciudades portuguesas de mayor encanto en la arquitectura militar. Conserva intacto, mantenido y rehabilitado todo su fuerte con atractivos jardines y museos. El trayecto entre Almeida y Vila Nova de Foz Côa transcurre por abruptos, desiertos y pobres terrenos pedregosos, donde oscurecen el paisaje las guadañas del fuego, clara estampa de la Beira Interior.


Cruzamos el siempre atractivo cauce del río Côa, en cuyas orillas se encuentra el mayor yacimiento de arte rupestre de Europa, al que volveremos al regreso de nuestro viaje. De Vila Nova descendemos a la orilla do Douro, hasta toparnos en la ladera con la freguesía de Pocinho, desde donde empieza la línea ferroviaria hasta O Porto (antiguamente llegaba hasta el pueblo español de La Fuente de San Esteban). Nuestra llegada, entrada la mañana, o convoio sale a las 11.15 hora portuguesa, nos permite conocer a las gentes que nos encontramos esperando en la preciosa estación, de la que llaman la atención sus azulejos, algo que iremos contemplando en aumento según el tren lame el agua del Duero. El reloj y su cantina, sus bancos y sus gentes con los equipajes de toda la vida –también mucha mochila- nos hacen rememorar tiempos de la niñez.


Estación de Pocinho Estación de Pocinho


El viejo convoio


Llega el viejo convoio (tren) de gasoil (el de vapor, de uso estrictamente turístico, solo viaja en épocas concretas), que nos conducirá hasta Peso da Régua. Pero antes del final de este trayecto –prometo volver a viajar en el convoio, pero hasta Porto, como hice hará algunos años ya-, iremos pasando por estaciones sugerentes, cada cual más bella y por parajes que obligan al ensueño y a la melancolía, no sin cierta extrañeza por el asombroso cauce del Duero y su difícil navegación, como veremos. La siguiente estación es Freixo de Numão, donde ya se empiezan a apreciar los primeros bancales de cepas en un Duero bello y verde, como los viñedos lineales salpicados de pequeñas construcciones blancas que conforman las quintas.


Según avanzamos, lamiendo el Duero con nuestras manos en un camino marcado por los raíles que rozan el cauce, nos queda claro por qué este trayecto es tan conocido: las vistas desde el tren son impresionantes. Circulamos pegados al río, siguiendo sus meandros y a poca altura sobre el nivel del mismo. Ante nuestros ojos desfilan paisajes de viñedos aterrazados, quintas maravillosas con edificaciones de mil formas, bosques de olivares… Por momentos el río se trasforma en un espejo perfecto que invita a jugar con la simetría de las instantáneas.


Pasamos por varias estaciones pequeñas, casi apeaderos, donde uno se pregunta a dónde va la gente que baja en ellas. Gentes de la zona con maletas antiguas de las que ya casi no se ven, rostros quemados por el sol, la gorra calada, mucho luto… Parece que el tiempo se hubiera detenido en estas tierras del Duero y la vida transcurriera sólamente con el ritmo de la vendimia que aún está por llegar. Vesúbio, Vargelas, Ferradosa, Alegría, Tua, Pinhão, Ferrão y Covelinhas son las paradas de nuestro viaje en la que en la retina queda grabado el trabajo del hombre para ganar espacio a la naturaleza, hasta llegar a Régua. De todas ellas llama la atención la estación de Pinhão por sus impresionantes azulejos en las paredes de los edificios ferroviarios. Obras de arte de azul añil de múltiples motivos, todos relacionados con el vino, el río o la historia de este inmenso país. Cada recodo, cada viñedo o quinta parecía más hermoso que el anterior.


No pudimos hacer un alto en estación alguna, nuestro tiempo debía ajustarse a una jornada. Pero antes de recalar en Régua, conviene hacer un alto textual en Pinhão –recuerdos de anterios viajes-, corazón del Porto, que se encuentra en la confluencia de un afluente y el Douro donde posee un puente metálico muy característico que debe cruzarse para llegar al centro del municipio. Si el viajero tiene tiempo, le aconsejo dirigirse al mirador de Pinhão, el que dicen está entre las siete mejores vistas de Europa, la panorámica da una idea general de cómo es el valle del Douro y, de paso, si el caminante cae por otoño, no está de más aprovechar para meterse entre los viñedos y ver más de cerca la vendimia. Los días de recolección son días de alegría en el Douro. Se trabaja mucho y se duerme poco, pero la satisfacción del trabajo bien hecho todo el año y la actividad frenética por todas partes hace que sea una época ideal para vivir una experiencia diferente, sobre todo con gente tan fantástica como la de las muchas quintas, que haciendo amistad, porque el portugués es abierto, te dejan participar de su vida por un día.


Douro Vinhateiro Douro Vinhateiro


Entre Pinhão –corazón del Porto- y Régua –puerta de entrada-


Nuestro deseo era llegar a la ciudad de Peso da Régua, puerta de entrada a toda la región del vino de Porto también conocida como zona del Corgo. La denominación del vino de Porto distingue tres áreas que de oeste a este son las siguientes: baixo, medio e alto corgo. El baixo corgo, donde se encuentra Peso da Régua, es una zona de vinos de mesa, de buena calidad, pero es el medio Corgo el que realmente interesa, es donde se concentran la mayoría de las quintas que producen el vino de Porto, y a las cuales se puede acceder por carretera. Más allá de Pinhão, al alto Corgo, sólo se puede acceder por un tren o barco.


Peso da Régua es hermoso, atractivo, de calles intrincadas, subidas y bajadas que siempre mueren en el Douro. Régua es la definición perfecta del Portugal más conocido, la sensación de abandono va de la mano con la memoria, la historia, la sencillez y la postal en sepia. Esta ciudad invita a perderse por sus rúas, conocer de cerca lo que un día fue y hoy no es. Fundirse en el aroma añejo del vino y de los ultramarinos que guardan tesoros de otros tiempos y que el tiempo cubre de un fino tul de polvo… Es rebuscar en estanterías y mostradores algo que invita al recuerdo.


Mientras paseábamos por el nuevo puerto fluvial –ofuscación confusa de cualquier puerto de costa-, sentimos que llegaba la hora de comer. En Portugal, o almoço (comida) e o jantar (cena) se hacen temprano. Buscamos un sitio para comer, encontramos uno de comida casera –que invitaba a los sentidos con feijão e porco, pero donde solo degustamos un añejo Porto- pero de plato único. Seguimos nuestro camino y nos decidimos por Os Maleiros, en Rua dos Camilos que, como siempre, tenía completo sus dos salones. Lo que nos tocó esperar, no mucho rato, pero el hambre acechaba, estábamos con solo um pingo desde la estación de Pocinho. E incluso tomamos el coubert. Aviso para aquellos que nunca hayan comido en Portugal, el coubert es una mini tapa que te sirven en los restaurantes lusos antes de comer. Normalmente consiste en pan con mantequilla o una especie de mini empanadillas o aceitunas. La finalidad es estar entretenido antes de que llegue la comida, lo que puede tardar, entre 20 minutos con gran suerte y 90 en el peor de los casos. El precio del cubert es un gran desconocido y puede incrementar el precio de la comida notablemente. La comida, al margen del coubert, consistió de entrada en una rica alheira (embutido típico portugués a base de carne picada con tocino de cerdo, carne picada de aves, pan, aceite, ajo y pimentón), polvo (pulpo) asado con aceite de oliva virgen y condimentado con pimentón, y bacalhau com batatas e pimentas, todo al horno. Y de postre, una exquisita creme también o forno... Y todo regado con vinho verde (fresquito, que el calor y la humedad lo requerían). Mi impresión, la expresaré en portugués: Uma apresentação simples e ambiente familiar. Boa comida e muita simpatía.


Reposamos la comida en un paseo por el muelle fluvial y nos dirigimos, nuevamente, a la estación de tren donde uma mulher, con mandileta de bordados y cesta antiquísima, vende confeitarias –doces/dulces-, imagen real que sigue en el tiempo –siempre la vemos, tras muchos años, ofreciendo sus productos a los viajeros que suben al tren. Queremos regresar pronto, son las 3.45 hora portuguesa, deseamos hacer un alto en as gravuras do Côa. El viaje de regreso impresiona aún más al divisar las esclusas –aunque para observar esta obra de ingeniería, mejor realizar el viaje en coche- y, sobre todo, el cauce del Duero en muchos trayectos. Estrecho, vertiginoso, salvaje con sus rápidos, difícil, con rocas puntiagudas asomando como ojos de cocodrilo a un lado y otro del cauce. Se hace extraño comprender cómo por ese cauce pueden navegar cruceros fluviales de hasta 400 pasajeros… El tren avanza pegado al río, que se ensancha acorde con la sucesión de presas, viéndonos reflejados en el agua, que parece viene hacia nosotros.


Rincón de Regua Rincón de Regua


Vale do Côa, mayor conjunto de Arte Rupestre


Llegados a Pocinho, ascendemos para hacer un alto en Vila Nova de Foz Côa y degustar un café antes de encaminarnos al Vale do Côa, el mayor conjunto de Arte Rupestre Paleolítico al aire libre conocido en la actualidad. En él son visibles las primeras manifestaciones artísticas de la historia de la humanidad en centenares de superficies rocosas gravadas al aire libre.


Su descubrimiento data de 1991 cuando fue hallada la roca 1 de Canada do Inferno, a los que siguieron numerosos hallazgos en los años sucesivos. Se conocen más de una veintena de conjuntos de rocas grabadas, distribuidas a lo largo de una extensión de unos 17 km. En su mayoría, se trata de paneles decorados en época paleolítica, aunque otros períodos prehistóricos, del Neolítico a la Edad del Hierro, están igualmente bien representados.


Se estima en más de un millar el número de figuras que corresponden al Paleolítico, con especies representadas como el uro, el caballo, la cabra montés y el ciervo. La mayoría de los grabados fueron realizados sobre paredes rocosas verticales. Las representaciones consisten en figuras zoomorfas (animales generalmente grabados de perfil); figuras antropomorfas, en general simbolizadas con menor realismo que las zoomorfas; trazos de incierta interpretación; y adornos indeterminados.


El Parque Arqueológico del Côa consta de una Sede Central, en la localidad de Vila Nova de Foz Côa, y dos Centros de Recepción de Visitantes, desde donde se realizan las visitas guiadas a los tres núcleos rupestres más significativos. En Vila Nova se visita la Canada do Inferno; en localidad de Castelo Melhor, el destino es Penascosa –nuestra ruta de esta tarde que, por cierto, ya estaba cerrada para visitas-; y en Muxagata se llega a Ribeira de Piscos. De Castelo Melhor cabe destacar el bien cuidado y conservado castillo y sus calles y fachadas. Qué envidia la conservación de los pueblos más históricos de Portugal… Como pueblo histórico y bien conservado, o recuperado del abandono y los escombros es Castelo Rodrigo (Figueira do Castelo Rodrigo) que despunta en lo alto como un vigía de frontera. Este entramado medieval de piedras y muros –en su vertiente más histórica- será motivo de otro viaje.


Nuestro camino de regreso se desvía en Fuentes de Oñoro hacia el renovado Fuerte de la Concepción en Aldea del Obispo, ahora centro turístico y de sugerente restauración… Pero ya es sendero para otro camino.